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Retrato de nosotros

Antonio Caballero elige una fotografía de un trancón de Bogotá, un retrato de todos nosotros.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Se me dirá que el trancón de tráfico inextricable que muestra esta foto de la carrera décima de Bogotá publicada hace quince días (y me extraña que haya salido tan nítida y alegre de color, sin rastros de negro de humo: ¿tendrá un arreglo de photoshop?) se debe a las obras de la troncal de Transmilenio. No es verdad: la carrera décima siempre ha sido así, y lo seguirá siendo cuando acaben las obras, si es que las acaban. Qué digo: será aún peor, porque a esos cientos de buses de todos los colores que vemos en la foto (pues pertenecen a docenas de empresas diferentes) se sumarán entonces otros cientos de buses colorados de Transmilenio, ese sistema mitad público y mitad privado que ha venido a superponerse en la ciudad al sistema privado pero públicamente subvencionado imperante durante décadas: desde que el último gerente oficial de los buses municipales estrelló o se robó el último Mercedes Benz de la gerencia, que era el último vehículo de servicio público de propiedad pública que quedaba en condiciones de circular. La coexistencia de los dos sistemas, el de buses repletos hasta los topes del sistema mixto y el de buses vacíos pero todavía subvencionados del sistema privado, buses antiguos y altamente contaminantes que muchos alcaldes sucesivos se han comprometido a eliminar de la circulación, chatarrizándolos, para que quepan los otros, sin llegar a hacerlo nunca, sin atreverse a hacerlo por miedo a los propietarios de las empresas de buses, tan temerosos ellos, nuestros ineptos alcaldes, como lo están los conductores de los vehículos, sometidos a un régimen infame de remuneración por pasajero capturado llamado “guerra del centavo” que los obliga a competir como tiburones caníbales por su supervivencia y el pan de sus hijos, agrava el caos. En la foto se puede ver cómo dos buses están intentando la imposible maniobra de cambiar de carril en medio del atasco, sin lograrlo, por ver si así consiguen que esa noche tengan con qué comer los niños del chofer del uno, o los del otro. Pero, a propósito, ¿por qué van tantos buses codo con codo por la misma avenida, como tanques en un desfile militar? Ah: pues porque uno de tantos de nuestros ineptos alcaldes pensó que así como en las grandes capitales del mundo hay carriles de “solo bus” para aligerar el tráfico, así Bogotá sería admirada en el planeta entero por tener calles completas de “solo bus”, como esa carrera décima. De ahí que los usuarios del transporte público, que es privado, tengan que jugarse la vida para usarlo, además de verse obligados a respirarlo, ya que la empresa pública de petróleos fabrica un combustible para buses que supera en cien veces la proporción de gases venenosos permitida por los convenios universales sobre salud pública y medio ambiente.

Si el párrafo que acaban ustedes de leer (si lo acabaron) les parece excesivamente espeso y enredado, pido disculpas: obedece a un principio de la preceptiva literaria según el cual la forma debe reflejar el contenido.

Vuelvo atrás.

Se me dirá que esta foto del caos infernal de la carrera décima no retrata solamente a Bogotá, sino a cualquier ciudad grande del mundo. No es verdad. No son así ni Tokio ni París, ni Buenos Aires ni Moscú. Se me dirá entonces que lo que pasa es que esas ciudades tienen metro, y algunas, además, tranvías, y trenes de cercanías, y cables aéreos, y hasta canales navegables, como Venecia o San Petersburgo: y que así no tiene gracia. Al revés: tiene más gracia. Porque si Bogotá no tiene metro, a pesar de que lleva medio siglo gastándose miles de millones cada año en contratar estudios previos para el metro, solo para que desde hace medio siglo sus gobernantes decidan en el último momento que es mejor no hacerlo porque saldría aún más costoso que el metro de Medellín, que fue en su tiempo (y está todavía sin terminar de pagar en lo que es el principal, sin contar los crecientes intereses ni las descomunales comisiones secretas de los asesores de los contratistas), que fue en su tiempo, digo, el más caro del mundo (y está bien que la ilegibilidad de este párrafo corresponda a la de aquel contrato), si Bogotá no tiene metro, digo, con el pretexto de que saldría más caro que el de Medellín, que pese a ir todo en superficie rebasa con creces en inversión por kilómetro al de Toronto, que pasa por debajo del profundo lago Ontario, y al nuevo ramal del de Ámsterdam, que va por debajo de los canales por donde van los barcos y que a su vez van por debajo del nivel del mar, si Bogotá no tiene metro, digo, ni tren, ni tranvía, ni trolley, ni, en resumen, transporte público, es porque sus ineptos y corruptos gobernantes no han querido construirlo: se lo han robado antes.

Ahora bien: según un viejo aforismo sociológico, los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Esa fotografía del caos criminal en que vivimos no representa solo a nuestros gobernantes. Es el retrato de todos nosotros.

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