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Salpicón

Carlos Castillo Cardona, en tiempo de sequía, elige la palabra salpicón.

2010/03/15

Por Carlos Castillo Cardona

Les parecerá extraño que en estos tiempos de sequía de todo tipo (de agua y de democracia) venga yo a hablar de la palabra salpicón, que en una de sus acepciones quiere decir “Picadillo de diversas clases de carne o pescado, champiñones, etc., cocido y aderezado con sal, aceite, vinagre, pimienta y cebolla”, según Larousse. Pero, salpicón también es para nosotros ­una mezcolanza inadecuada o confusión de ideas, palabras, discursos y demás usos de la verbosidad o, también, así llamamos al agrupamiento inarmónico de las cosas humanas. Es bien común entre nosotros oír decir que “Al hablar Fulanito armó un salpicón de ideas”. Entendiendo por eso la incoherencia del que acaba de hablar. Igualmente, para nosotros, en casos similares del discurrir, pensamos que “Zutanito tiene un sancocho en la cabeza”. Si nos retiramos de la cocina criolla, decimos que “Perencejo armó un tutifruti de palabras”. Esto último si queremos aparecer como cultos, puesto que la palabra es italiana y quiere decir “todas las frutas”, que igualmente mantiene la misma idea de confusión.

Pues bien, les entrego esa palabra y sus asociaciones en razón de lo que está ocurriendo con la aprobación de la ley que quiere dar paso al referendo que permita una segunda reelección presidencial. Mis razones son simples y variadas: los que redactaron el texto para las firmas lo hicieron mal, la recolección de las firmas se hizo por encima de los topes del gasto permitido, el trámite en el Congreso está lleno de dudas, la hora de la aprobación estaba pasada y hasta hoy no sabemos de los esfuerzos burocráticos que el ministro del interior tuvo que hacer, curul por curul, para lograr su aprobación. De ahí en adelante también siguen los problemas. En fin, todo es un sancocho, palabra que también tiene la acepción de ‘comida mal o incompletamente guisada’. Y tampoco les ha quedado lejos del otro significado de salpicón, es decir, de salpicadura, que es ‘la acción y el efecto de salpicar’. Porque, si pensamos en lo que ocurrió con la primera reforma que modificaba el principio constitucional de la reelección, la salpicadura llegó a varios de sus actores. Tanto así, que se crearon nuevos vocablos, nuevos colombianismos, como son la “yidispolítica”.

Nada de esto último sería extraño si tenemos en cuenta otra palabra de intenso uso en estos días: subsidio, entendido como la ayuda económica, generalmente de carácter oficial, que se da a una persona o una entidad. Ingenuos nosotros que pensábamos que era una ayuda económica para los más débiles y no para los más amigos. Pero, si se rebusca en el lenguaje, se puede llegar a ver algunas luces. Subsidio, palabra que ya se usaba en 1438, está tomada del latín subsidium ‘reserva de tropas’, ‘refuerzo’, derivado de subsidere, que es ‘ponerse al acecho, disponerse como tropas de reserva’ (y éste de sedere ‘estar sentado’). Dicho de otra manera, el subsidio sirve para quedarse sentado en el mismo solio presidencial por más tiempo de lo debido.

Para rematar, el sancocho, el salpicón o tutifruti que han firmado la carta errada no sé cuántos millones de colombianos, sin distinguir si se trata de un referendo o un plebiscito. Los que recogieron firmas deben de preferir el término plebiscito, porque desde principios del siglo VII es palabra compuesta (del latín plebs, plebis), plebe, pueblo, populacho, y ‘saber’ (por el vocablo scire). Como quien dice “El pueblo sabe, ala”.

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