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Saludo a la bandera

Antonio Caballero habla de cómo, irónicamente, todos usan la misma bandera.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

La demostración más palmaria de que todos están equivocados —o, si ustedes prefieren, de que todos están en lo cierto— es que todos usan, para diferenciarse, la misma bandera. La amarilla, azul y roja de lo que fue, o no llegó a ser, la Gran Colombia, engendrada en 1821 por el Congreso de Cúcuta —o en1819 por el Congreso de Angostura—, que si en fin de cuentas no pudo ser fue porque a cada cual le dio la gana de que fuera solo suya propia. El caso es que todos enarbolan unos colores idénticos para subrayar su calidad de enemigos irreconciliables, aunque cada cual califique al pueblo del otro de “pueblo hermano”: Hugo Chávez de Venezuela, Álvaro Uribe de Colombia, Rafael Correa del Ecuador. Cada cual decidida y resuelta y encendidamente, o rabiosamente, como dicen ellos mismos, colombianos o ecuatorianos o venezolanos, lo que a cada cual le toque. Pero a los tres les tocan los tres colores: amarillo, azul y rojo. “Los tres colores del piojo”, como rematábamos ritual y enigmáticamente los niños de los tiempos de mi infancia, sin saber qué queríamos decir con eso, salvo que sonaba a blasfemia. Como tampoco saben hoy estos tres adultos infantiloides qué quieren decir con lo de la bandera, salvo nos que lo único que de ella entienden de verdad es el asta para izarla: un arma arrojadiza. Una lanza.

Es así porque el significado de la bandera, según nos dice la página web de la Presidencia de la República, “hay muchas interpretaciones. Pero lo importante es mirar con mucho amor nuestra bandera nacional”. Ah, esa Presidencia de la República que hasta en su página web se empecina en tratarnos como a niños imbéciles, se obstina en mantenernos en un estado perpetuo de imbecilizada infancia. Lo malo es que será, sí, nacional; pero de varias naciones. Y dentro de cada una la utilizan por igual facciones distintas y enfrentadas entre sí: con mucho amor, sin duda; pero para matarse. Asegura, por ejemplo, la misma boba página web que acabo de citar que el rojo, o el encarnado, o el punzó (que de todos esos modos ha sido llamado, de acuerdo con los intereses del momento, el colorado de la faja inferior) representa la sangre. Pero no la sangre vertida para “ahogar en ella a los tiranos”, como decía en Angostura alguno de los padres de la nacionalidad, o de las nacionalidades. Sino (cito la mencionada página web) otra sangre: “No la sangre que derrama el odio sino la que alimenta el corazón y le da movimiento y vida, la que significa amor, poder, fuerza y progreso”.

Hablo de las facciones. Se acabaron los partidos, como todos sabemos: el liberal que se agrupaba bajo el pabellón rojo, el conservador que seguía el pendón azul del manto de la Inmaculada. Ahora el Polo Democrático viene a alinearse, tardíamente, tras el amarillo de la franja más ancha de la bandera tricolor, tal vez sin acordarse de que el amarillo trae mal fario: en cierto rito de las bodas hinduistas todas las mujeres participantes se visten de amarillo para que solo la novia, que va de blanco, se vea bella. Y acabados los partidos, todas las facciones por igual usan la misma bandera. ¿De quién es el brazo —pongamos por caso— que ilustra este artículo? Se identifica con la bandera amarilla azul y roja de Colombia (y del Ecuador y de Venezuela), lo cual indica que se trata del brazo de un guerrillero de las Farc, o del Eln, o del ya disuelto M-19. O bien que, por el contrario, se trata del brazo de un integrante de los contraguerrillas paramilitares. Imposible saberlo, porque todos esos grupos visten de modo uniforme: con el mismo uniforme de camuflaje que los hace indistinguibles del trasfondo de verdes y pardos, de luces y sombras, del paisaje de la patria. Todos se camuflan de patria, por así decirlo. Y también, por supuesto, usan el mismo uniforme y saludan la misma bandera las Fuerzas Armadas oficiales, que han tratado de imponer la bandera amarilla azul y roja como la suya propia, para que se ice en los balcones y ventanas como símbolo de respaldo a ellas en las fiestas patrias.

No ya como brazalete militar, sino como pulsera para uso civil, exhiben el tricolor nacional (o plurinacional) en la muñeca los empresarios y los políticos, los hippies y los taxistas, los emigrantes y los funcionarios de multinacionales que quieren que se sepa quiénes son al primer golpe de vista. El actual Alcalde de Bogotá, para poner un ejemplo, se pone en las dos muñecas tantas pulseras tricolores distintas que ya no es posible saber ni qué son ellas ni quién es él, o qué.

Es apenas un ejemplo de lo difícil que es este oficio de interpretar en palabras las imágenes.

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