Sangre de dragón y salsa de tomate

"Aplaudo que los cines de los centros comerciales proyecten óperas, y tengo que decir que el ruido y el olor no me arruinaron por completo la experiencia..." Carolina Sanín opina sobre la experiencia de ir a ver ópera en un cine bogotano.

2013/08/16

Por Carolina Sanín

Un pájaro pasa volando y cantando por el escenario, y Siegfried, el héroe que no conoce el miedo, quiere entender lo que dice. Quizás para ello deba primero tratar de hacerse entender por el pájaro, imitándolo. Arranca una ramita y con el filo de su espada la convierte en una flauta, pero al soplar no consigue hacer música. Resuelve entonces tocar su cuerno, con el que ya ha atraído otras criaturas del bosque. Pero aunque lo toca expertamente, tampoco él le ayuda a entender lo que el pájaro dice. Se mete luego a la boca un poco de la sangre del dragón que acaba de matar. De repente sus oídos se abren, y el público escucha a través de él las palabras del pájaro, que canta con voz de soprano y guía al héroe hacia su destino.

El público está conformado por quienes asistieron a la representación de Siegfried hace unos meses en la Metropolitan Opera de Nueva York y por quienes asistimos a su repetición en el cine del centro comercial Andino, en Bogotá, el domingo pasado. Nosotros, los de la ópera diferida en el cine, somos el público de Wagner y también el público del público de Nueva York. No aplaudimos al final. Sabemos que la función ya está aplaudida y no sentimos que los cantantes nos estén saludando a nosotros. En el entreacto nos muestran entrevistas. Oímos a Deborah Voigt hablar en inglés y dejamos de verla como Brunhilde. Vemos por delante y por detrás a quienes estuvieron sentados en las primeras filas de la ópera y nos enteramos de que se están quedando calvos.

Aunque sea un poco triste no estar presentes para aplaudir, a veces pienso que los tercermundistas estamos en una posición privilegiada por ser espectadores en segundo grado. Al tener más ocasiones de ver que el público también actúa, que la platea es a su vez un escenario y que la experiencia es otro espectáculo, quizás tenemos más oportunidades de entender la naturaleza ilusoria y diferida de todo lo humano, la infinitud del encadenamiento de los espejismos y nuestra permanente ausencia.

Pero suele pasar que no respetamos nuestra dignidad de espectadores en segundo grado y asumimos, en cambio, el papel de espectadores de segunda clase. Frente a la pantalla que muestra el escenario que representa el bosque, unas señoras esperan a que el pájaro le cante al héroe para hurgar en el paquete de chicharrones cuyo celofán han estado haciendo sonar desde que empezó la función. Cuando Siegfried va a probar la sangre del dragón que le permitirá escuchar al pájaro, llega el tufo de cebolla y salsa de tomate de los perros calientes que los espectadores están comiéndose y que les impiden oír a Wagner. La mitad del teatro ha entrado tarde a la función por estar aprovisionándose: se sienten incapaces de esperar dos horas, hasta el entreacto, sin comer.

En el tercer acto vienen los pedos. Aparece la cumbre en la que duerme la antigua valquiria, y huele a pedo. Los señores del público salen al baño constantemente a orinar por cuenta de la gaseosa que no han parado de embutirse durante los dos primeros actos. Para estos infelices sin curiosidad, sin humildad y sin posibilidad de admirar lo que no tiene que ver con su buche, la ventaja que tenemos quienes asistimos al cine sobre los que asistieron al teatro es que nosotros podemos llegar tarde a la función y tragar porquerías y relajar el intestino y la vejiga durante cuatro horas. Que la música no les interrumpa la obscenidad. Lo que quieren es decir que fueron a la ópera, como los de Nueva York, pero sin prestar atención a la ópera en absoluto.

Aplaudo que los cines de los centros comerciales proyecten óperas, y tengo que decir que el ruido y el olor no me arruinaron por completo la experiencia. Pero critico que Cine Colombia no impida que el público entre tarde y con comida a las proyecciones de ópera. Nosotros pagamos la boleta. Contribuir con nuestra educación solo le costaría a la empresa una pequeña parte de las ganancias que percibe por la venta de perros calientes.

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