Sed de oro

Antonio Caballero reflexiona sobre el Río Apaporis y su explotación por parte de la empresa Cosigo.

2011/06/23

Por Antonio Caballero

"Todos los indígenas que se metieron con el oro están extintos”, sentencia Leonardo Rodríguez, un jefe de los indios makunas del Vaupés. Se refiere a lo que muestra esta fotografía: a estos raudales de aguas transparentes, verdinegras, que corren entre grandes piedras planas flanqueadas por la masa verde mate de la selva amazónica. Debajo hay oro. La licencia para su explotación la recibió la multinacional minera canadiense Cosigo hace dos años, dentro de lo que el actual ministro de Minas ha llamado la “piñata de concesiones” feriada al aire por sus antecesores en el cargo. Y el pesimista capitán de los makunas sabe lo que se ha sabido desde que hace cinco siglos Cristóbal Colón les escribió a los reyes de España dándoles cuenta de su descubrimiento de ricas tierras: “del oro se hace tesoro...”. Sabe que, como cincuenta años después denunciaría el copista del diario de Colón, fray Bartolomé de Las Casas, la sed de oro fue la causante de “la destrucción de Las Indias”. Y que, como otro siglo más tarde diría Francisco de Quevedo, el oro “hace en las Indias honrado / donde el mundo lo acompaña; / viene a morir en España / y es en Génova enterrado”.

 

Porque el oro solo deja ruina. Va a dar a manos de los banqueros prestamistas genoveses del siglo XVII o a transarse hoy en la bolsa de Toronto, eso da igual. Pero se va de donde estuvo, dejando solo un gran hoyo de miseria. Y donde hoy está es aquí, bajo este oscuro y cristalino río Apaporis de la Amazonia colombiana, en el sitio de Yuisi, en donde brota un chorro de agua del cual, cuentan los indios, nació la humanidad. Los colonos blancos que han ido allá a tumbar selva lo llaman, en español, chorro La Libertad. Es un lugar sagrado para muchas tribus y los chamanes locales no dejaron que otras venidas de más lejos, corridas por los blancos, se establecieran ahí. Un juez prohibió que se instalara en el sitio una inspección de policía. Para protegerlo se creó un Parque Nacional, el Yaigojé Apaporis. Fue protestado. Demandas, denuncias, tutelas. Ingeominas, el ministerio, la gobernación, los discrepantes dirigentes tribales y la empresa Cosigo con su licencia bajo el brazo. La cosa ya va en la Corte Constitucional, como todo en Colombia: esos rompientes de espuma que se ven en la foto no son nada junto a las turbulencias jurídicas provocadas por el otorgamiento de la licencia de explotación del oro a la Cosigo. Su vicepresidente de operaciones para América Latina, el señor Andy Rendle, finge asombrarse ante tanto alboroto. “Cuando yo era estudiante, también era ambientalista —confiesa, si es esta la palabra—. Pero ahora que conozco los dos lados sé que ese ambientalismo ciego hace daño”.

 

(Todo esto lo cuenta en un magnífico artículo de la revista Semana la cronista Cristina Castro, enviada especial al río).

 

Y la Cosigo organiza río abajo, en la maloka de Bocas del Taraira, una “cumbre” de delegados de sus tribus simpatizantes (cinco de las diecinueve comunidades que habitan en el millón de hectáreas de selva que ocupa el Parque Natural). Y les reparte Cocacola y, me imagino, también aguardiente: el arma principal del hombre blanco. Así fueron sometidas las tribus indias de América del norte a cuyos representantes —lo que queda de ellas— la empresa minera invita al evento amazónico y trae en avión desde el Canadá y los Estados Unidos. Después, cuando salga el oro, vendrá lo demás: alcoholismo, prostitución, miseria.

 

Lo habitual. En su novela L’or cuenta Blaise Cendrars cómo el descubrimiento del oro a mediados del siglo XIX arruinó la entonces próspera economía agrícola de California, robándole y destruyéndole las tierras. Se quejaba el personaje de Cendrars, el (histórico, y hasta la fiebre del oro riquísimo) general Suter, convertido en mendigo: “La Gran Prostituta que parió el mar fue Cristóbal Colón cuando descubrió América”. Pero en otro continente lo mismo debió pensar casi tres mil años antes del rey Midas de Frigia, quien según la leyenda convertía en oro todo lo que tocaba y, no pudiendo comer oro, murió de hambre. Otras versiones dicen que prefirió suicidarse.

 

La Cosigo en el río Apaporis del Vaupés. La Greystar en el páramo de Santurbán de Santander, La Anglo Gold Ashanti en Cajamarca, en el Tolima. Habría que pensar seriamente en si no deberíamos echarles gargüero abajo una buena gargantada de oro derretido, como hicieron los indios araucanos con el conquistador Pedro de Valdivia para apagarle la sed.

 

Nota pesimista: Valdivia no sobrevivió al mal trago. Pero, como es sabido, los indios araucanos están extintos.

 

Dice el jefe makuna Leonardo Rodríguez, citado por Cristina Castro: “Igual, como están las cosas ahora, ya comenzamos a morir”.

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