Steve Buscemi y Louis C. K. protagonizan Horace and Pete.

'Horace and Pete'

La vida es el fracaso, la repetición y la continuidad, representados en la dudosa épica de un bar de Brooklyn que está a punto de cerrarse y cuyos propietarios, desde hace cien años, son sucesivas parejas de primos que se llaman Horace y Pete.

2016/04/17

Por Carolina Sanín

La nueva obra del comediante Louis C.K. es una tragedia que parece una comedia, pero no sé exactamente por qué. Tal vez parece una comedia por la pasividad con que los personajes asumen cada una de las tramas y los desenlaces del argumento, a pesar de que casi todos son graves y terribles. Pero no, no es que los personajes asuman sin pasión y pasivamente sus destinos desventajosos, dolorosos u oscuros. Simplemente, como en la vida, tienen que asumirlos. Tal vez Horace and Pete parece una comedia porque, en últimas, todas sus tensiones tienden al único final feliz de cualquier situación en la que se encuentre el ser humano, y la única consecuencia de la vida y de la muerte: la aceptación. O tal vez parece una comedia por la calidad del diálogo, que demuele la solemnidad y examina temas importantes o nimios expresando opiniones no convencionales, incluso inadmisibles, pero perfectamente lógicas. O parece una comedia por la variedad de los tonos del discurso, que, siempre vulgar, pasa de la diatriba a la narración fabulística.

Es una tragedia en sus asuntos, en sus finales y en su misterioso cumplimiento de la función catártica. Pero es una tragedia nueva, en dos actos y en diez episodios, así como es una comedia nueva, sin gracias y casi sin gracia, sin chistes, sin juego. Quizás sea una tragedia estoica y una comedia sobre el estoicismo. Aunque recuerda las atmósferas de Tennessee Williams, pertenece a un género del que existe solo un ejemplar.

Los personajes y sus parlamentos están escritos sin la pretensión del ingenio y a partir del compromiso con la inteligencia, y son el resultado de una investigación intensa sobre la desdicha, es decir, la dependencia, y de una indagación atenta sobre la dicha improbable del cuidado. En un escenario simple, acartonado y oscuro, más abstracto que artificial, el autor produce una obra extremadamente realista al reproducir el tono más sobresaliente de la realidad: el gris. Renuncia a desplegar el mundo, a mostrar cualquier mundo, para interpretar la vida sola, la vida sin ambiente.

La vida es el fracaso, la repetición y la continuidad, representados en la dudosa épica de un bar de Brooklyn que está a punto de cerrarse y cuyos propietarios, desde hace cien años, son sucesivas parejas de primos que se llaman Horace y Pete. Uno de los personajes de la serie abandonó a su hijo cuando este era niño, pues no le gustaban los niños. Otro engendró adúltera y simultáneamente a dos hijos en dos mujeres hermanas. Otro vive aterrorizado por una enfermedad mental y depende de un medicamento para que sus días no sean una eternidad en el infierno. Hay una mujer que tiene cáncer y abomina a su hija, que parece compadecerse de ella. Un hombre habla constantemente de política bajo la influencia del ácido. Un anciano expone convincentemente por qué el sexo oral es degradante. Una mujer le describe detalladamente a su exesposo cómo sedujo al padre anciano de su esposo actual. Hay un anciano suicida, una melancólica muchacha obesa, una joven machista, una viuda exuberantemente pobre, un hombre recién salido de la cárcel, un enamorado que golpea a su pareja hasta la inconsciencia, un padre que encierra a su esposa y ridiculiza a sus hijos. Nadie es bello. Todo el mundo es adicto. Todo el mundo está cubierto del polvo del que está hecho.

Los personajes exhiben sus vidas paralelas y excavan en sus prejuicios mientras están sentados lado a lado, en la barra del bar donde transcurre la acción, o se confiesan mutuamente mientras están sentados frente a frente, en las mesas del bar. Unos reciben el sufrimiento de los otros y entretanto explican la humanidad como una búsqueda de conexión.

Horace and Pete propone, contra el cinismo y el sentimentalismo, la aceptación del limbo. De lo intermedio. De la posible verdad. Mientras hiere, alivia. Sobre todo, libera de la mentira del resto de las series, de su farsa manipuladora, adictiva, frenética. Al final del último episodio, los actores hacen una venia al público, aún con sus disfraces pero ya sin sus personajes: no solo como se hace en el teatro, sino como se hace en la vida de cada día, en esta tragedia que parece comedia.

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