Tetita

Carolina Sanín analiza la popularidad de Wendy Sulca.

2011/03/30

Por Carolina Sanín

Tiendo a desconfiar de las modas kitsch. No sin temor a juzgar apresuradamente, sospecho que la afición a la estética kitsch cubre el temor a no tener un gusto formado, o bien, delata la ansiedad que produce creer que hay un conjunto de cosas, determinado y misterioso, que corresponde al “buen gusto”. Me ?parece que el recurso a lo kitsch es una manera que tenemos de protegernos de la influencia que un objeto estético pueda ejercer sobre nosotros, o bien, de la experiencia, en buena medida incontrolable, que dicho objeto pueda proporcionarnos. Pero también puede ser una manera (fraudulenta y fácil) de demostrar una superioridad de clase y de criterio. Y una manera de evitar analizar la cultura popular.

 

Por esa desconfianza, no había entrado a Youtube para ver a Wendy Sulca. Oía describir los videos de la niña cantante peruana, y me parecía que debían pertenecer al mismo conjunto que la estatuaria de yeso y los escapularios de José Gregorio Hernández y María Lionza; a esa colección de la que echan mano los estudiantes de arte para ser cool. Pero en medio de una navegación compulsiva por Internet, a las dos de la madrugada, vi los videos de La tetita, Papito y Cerveza, cerveza y el muy desconcertante Israel, y el fenómeno me resultó mucho más interesante que lo que preveía en mi prejuicio.

 

Los vi una y otra vez. No me gustaban ni me repelían. Me resultaban extraños. Me inquietaba no saber qué eran, a qué intención correspondía el acto ecléctico de una niña de ocho años que canta “Cada vez que la veo/ a mi mamita/ me está provocando con su tetita” y “Señor cantinero, dame más cerveza” con voz pseudo asiática, traje típico y movimientos de muñeca de cuerda. No creo que Wendy se limite a ser un artefacto freak que reivindica el mal gusto. Me parece más surreal que kitsch, y más lyncheano que surreal.

 

Es posible que el espectáculo de Wendy pertenezca al campo de lo unheimlich, lo inquietante, según lo define Schelling citado por Freud: “todo lo que debería haber permanecido oculto y secreto y se ha vuelto visible”, y es posible también ensayar una lectura que se fije en el contenido inconsciente que traslucen las letras de las canciones: en una de éstas, la niña que está creciendo evoca la satisfacción oral de tomar leche del seno de su madre (para lo que está demasiado grande); en otra, invoca la compulsión oral de tomar cerveza (para lo cual es demasiado joven); y, en el tercero, al lamentar festivamente la muerte del padre, comete un lapso: aunque dice que el padre está muerto, le pide: “No me dejes, por favor”. En Israel canta absurdamente: “Madrecita, ¡qué bonito es Telabín (Tel Aviv)!/ con sus estrellas y su lunita/ en Telabín yo bailaré”, y se hace evidente que Wendy representa a una persona que no es consciente de lo que está diciendo. Al ver el video, uno siente que está presenciando una pesadilla de otro.

 

Y, ya en el terreno de la crítica cultural, ese acto de la niña peruana aindiada que canta cosas que no sabe sobre Israel, interrumpida por la voz de un locutor que, en el tono de los predicadores evangélicos, dice “Acércate a Israel, Latinoamérica. Acércate a Latinoamérica, Israel”, me recuerda a los indígenas americanos que, durante la conquista del Nuevo Mundo,?tenían que repetir palabras de fe, sin entenderlas, para ser bautizados en el cristianismo. Por cierto, sólo en ese sentido veo en el acto de Wendy la válvula del folklore que algunos espectadores dicen ver.

 

Quizás me lo estoy tomando todo demasiado en serio. Pero ya dije que desconfiaba del kitsch.

 

 

 

 

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