Trabajos perdidos

Carolina Sanín reflexiona sobre el oficio de ser jurado de concursos literarios.

2010/09/11

Por Carolina Sanín

Trabajar da dinero, trabajar ocupa tiempo, trabajar cansa, trabajar produce obras. Durante el mes pasado tuve un trabajo extraño que me quitó mucho tiempo, me dio poco dinero, ni siquiera me cansó, y no produjo mucho más que una alternancia vertiginosa en mis estados de ánimo. Fui miembro del jurado de un concurso literario. Leí 89 novelas inéditas. Leía cuatro al día: muchos desahogos onanistas, fantasías parricidas, coloquialismos forzados y confesiones de toxicomanía. También algunos pasajes memorables. Y alguna obra buena. A ratos me reí. Me aburrí como una piedra. Cuando todavía me faltaba leer 5.000 páginas, sentí desesperanza. Si no lloré fue porque no tenía cerca a nadie que me viera. Leí todos los manuscritos sentada en un mismo sillón, sin cambiar de posición. Estaban firmados con pseudónimo, y me distraía imaginando a sus autores. Los veía en la fotocopiadora, encargando el triplicado. En sus escritorios, afanándose. Especulaba sobre las reacciones que los otros dos miembros del jurado estarían teniendo al tiempo que yo. El tiempo perdido me alcanzó para imaginar que yo misma había escrito cada una de las novelas. El esfuerzo perdido me dio campo para desdoblarme y sospechar que, si entre las concursantes hubiera estado una novela que publiqué hace algunos años, en el papel de jurado no me habría dado el premio. Me entristecí.

 

Caía en cuenta de que los tres del jurado seríamos los únicos lectores que tendrían casi todos esos libros, y entonces sentía que cada libro había sido escrito para mí. Que me hablaba. El trabajo tedioso se convertía en una labor de amor, y el amor amenazaba con derivar en paranoia. Oras veces maldecía. Los delirios de aquellos desconocidos estarían en mi inconsciente por el resto de mi vida. Me había vinculado a sus ambiciones en virtud de una promiscuidad avariciosa. Todo lo que entra sale, y temí que en unos años, en algún texto, me saldría una frase proveniente de esas páginas en las que no entré por placer ni por curiosidad sino sólo por dinero. Temo que ya me esté pasando: esta insistencia en staccato que estoy empleando hoy no era mía hace un mes.

 

Una tarde sentí que nunca podría volver a escribir una línea tras leer tanto de aquello. Otro día me sentí culpable: toda esa gente había terminado sus novelas mientras que yo no voy por la mitad de la que quisiera escribir. Leía durante horas sin saber lo que leía, y entretanto me parecía que descubría una nueva modalidad de meditación. Pero esa modalidad ya estaba descubierta, en los mantras. Los sueños se me enrarecieron. Una mañana, tras haber leído la víspera mil páginas con pocas tildes y demasiadas comas, me desperté con la sensación de que la noche anterior había cometido un acto abominable para el que no encontraba ni explicación ni descripción. Me pareció que había descubierto una manera de perder el juicio. Pero ya estaba descubierta, en El Quijote. Me pregunté cómo sería la vida de un personaje que enloqueciera de tanto leer novelas inéditas enviadas a un concurso. ¿Acabaría creyendo que es un psicoanalista? ¿O un sacerdote? Quedé demasiado aturdida, atiborrada, para formular preguntas más complejas.

 

Siento que he hecho algo tan irresponsable como participar en el experimento de una nueva droga psiquiátrica. Y me abruma la circularidad inútil de mi esfuerzo. El producto de ese trabajo que consistió en producirme estados de ánimo diversos durante un mes será la producción de otros estados de ánimo: alegría en el ganador y desilusión en los 88 concursantes que no ganarán. Poco más, salvo que alguien lea la magnífica novela ganadora del Premio Ciudad de Bogotá.

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