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Tres fronteras, tres desolaciones

La lengua absuelta

Marta Ruiz reflexiona en tres textos sobre las fronteras como metáfora de los límites humanos.

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2013-02-19

Bien lo dijo el dramaturgo español José Sanchís Sinisterra en su manifiesto sobre el teatro fronterizo: hay áreas de identidad incierta, de “débiles pertenencias, fidelidad escasa, vagos arraigos nómadas. Tierra de nadie y de todos. Lugar de encuentros permanentes, de fricciones que electrizan el aire”.

Efectivamente las fronteras suelen ser puertas de salida a la libertad o barreras inexpugnables de la tiranía; lugares compartidos por la cultura o de negación y disputa; confines donde se reafirma la diferencia o la experiencia de expulsión y desalojo; oportunidad de afincar la convivencia o motivo de guerra. En todo caso, metáfora viviente de los límites humanos o la ausencia de ellos. Y en ocasiones, lugares olvidados por el centro, cuyos gritos de auxilio nunca son escuchados.

Tres textos se me han emparentado en la mente a propósito de las fronteras. Son tres historias desoladoras. Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, a la que Harold Bloom describió como “la obra imaginativa más impresionante entre todas las de los escritores estadounidenses vivos”.

 

Se trata de un viaje (otro) al corazón de las tinieblas. La historia de un grupo paramilitar contratado para matar a los indios en la frontera de México y Estados Unidos, a finales del siglo XIX, comandado por un tal Glanton, y al que adhiere el juez Holden, quien para aniquilar cualquier esperanza en la justicia humana, encarna el mal por el mal, y el triunfo de la impunidad. En cada página hay un linchamiento, una violación, un cuerpo despellejado y abandonado en el desierto como merienda para los buitres. Los paramilitares, en una carnicería nihilista, tuercen finalmente sus armas contra quienes los contrataron y los recibieron como héroes, para finalmente matarse entre sí. Sobrevive, como suele ser en la realidad, el peor de ellos: el juez.

El otro retrato virulento de la frontera es por supuesto, Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee, donde el otro, el distinto, está allí para ser esclavizado, humillado, desaparecido. Pero este, a diferencia de McCarthy, nos deja una luz de esperanza, un resquicio de justicia humana, encarnada en el Magistrado, quien por una mezcla de lascivia, humanidad y culpa, toma partido por aquellos “otros” que son considerados bárbaros, que son víctimas a la postre de la gesta violenta de los “civilizadores” que arrasan con el pueblo invadido.

La justicia como arrogancia del poder, en McCarthy, y como una voz inau-?dible, entre la insensatez de la colonización, en Coetzee.

El tercer libro es inverosímil porque no hay ni batalla ni justicia. Es el relato sobre lo que ocurrió hace una década en un pueblo cuyo nombre ya es de por sí contradictorio: El Placer, en el Putumayo; es uno de los últimos libros publicados por el Centro de Memoria Histórica. Un relato de horror testimonial.

Quiero reproducir solo un fragmento. Está sacado literalmente de una declaración dada por alias el Médico, un desmovilizado de las AUC, a una fiscal de Justicia y Paz:

“–Llevo a la víctima vía a Puerto Amor, allá hay una casa sola, abandonada, donde ese día tenía yo los enfermeros allá dictándoles instrucción (…) la víctima se lleva amarrada (…) le dije lo que íbamos a hacer, que le iba a colocar anestesia local y que iba a empezar a hacerle (…) un experimento… Se le tapó la cara y se le colocó anestesia local y se empezó a practicar con él para canalizar las venas. Después en una parte de la pierna, se le colocó anestesia local y se le rajó con un bisturí una parte para enseñar a los muchachos a suturar (…).

–¿Todos suturaron a la víctima, once veces se canalizó a la víctima, once veces se suturó a la víctima?

–Sí doctora… La víctima duró dos horas, no decía nada, se le dio agua…después se asfixió la víctima, la asfixiamos. Se le coloca una toalla en la cara y se le tapa la nariz y la boca para ejecutarla… Después de ejecutada se coge y se abre a la persona para enseñarle a los muchachos cómo se componía una persona para enterrarla (…) para que se pudiera demorar y no se dañara…

–¿Qué hacen con el cadáver de esa víctima?

–Por orden de Rafa se tira al río”.

Bloom diría que se trata de la imaginación desbordada, pero, tristemente, en este fragmento no hay ficción.