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Tusa

Este mes, Carlos Castillo Cardona destaca la palabra tusa.

2010/03/15

Por Carlos Castillo Cardona

Yo no, pero hay amigos que dicen haber tenido una tusa. Por supuesto, por tusa no me refiero al corazón del choclo, a eso que queda después de desgranarlo. Tampoco quiero hablar de la acción y el efecto de tusar, aunque a veces es apropiado cuando de cosas de gobierno o de las empresas privadas se trata, es decir, de recortar, de reducir o de hacer reingeniería, término espantoso. Tampoco me refiero al hoyo de viruela o a los cabellos largos del pescuezo del caballo. No le encuentro sentido a que tusa sea perra o que la palabra sirva para llamar o espantar a la perra, así usado en España.

Es excesivo y penoso decirle tusa a una persona despreciable y de poca dignidad o a un objeto despreciable y de poco valor. Peor aún, no se le debería decir tusa a una mujer muy alegre y pizpireta. Hay varias acepciones dislocadas que se usan en ciertas regiones colombianas. Por ejemplo, así se le dice a una persona de poco entendimiento o habilidad, a los zopencos, bodoques, burros, toletes, yeguas y turupes.

Pero es asombroso, casi escandaloso, que no aparezca en los diccionarios clásicos ni en los de americanismos el uso principal que nosotros le damos a la expresión ‘tener una tusa’. Es decir, al sufrimiento que queda con la pérdida de un amor, a ese despecho, a esa amargura y malestar que enceguece, entorpece o aniquila el cotidiano discurrir. Ese arrastrarse por el camino del dolor cuando nos abandona la persona amada no aparece reseñado. ¿Será posible que ese corroer de las entrañas no sea visto por nuestros compañeros de lengua? Pero ¡si hasta hay amigos que dicen tener “pretusa”, es decir, de sufrir por el miedo de ser abandonados!

Tener tusa, según dicen, puede ser devastador, pues lleva a las personas al pozo profundo de la depresión, del cual es casi imposible salir, o arrastra a las personas a un odio digno de Caín hacia Abel. No son extraños los desplantes públicos del que está carcomido por la tusa. Los gritos, los reclamos, la exigencia de que le devuelvan las fotos, los rizos y “el rosario de mi madre” parecen ser conductas comunes en los entusados. Tampoco –¡pobres desgraciados!– faltan los intentos de buscar el retorno, la reconciliación, y se acude a llamadas telefónicas, con o sin respuesta; a mensajitos escritos en servilletas; a poemas cursis; a serenatas y a regalos de esos que nunca se dieron cuando la relación sí se daba. Los que sufren no sólo son los de la tusa. Los amigos la padecen también porque tienen que aguantar el llanto, las quejas y las maldiciones y los reproches que las víctimas del abandono. Los amigos de los entusados saben que van a acabar divididos: unos con el que abandonó y otros con el que fue abandonado. La separación entre amigos será tan dura y férrea como lo es entre los que formaron la pareja ahora destruida. Dejará de ser amigo de los dos aquel que en las etapas tempranas de la separación haya tratado de mediar entre las partes. Ese pobre samaritano será sujeto del odio de todos.

Y, dicho todo esto, si uno queda con cierta tusa cuando un compañero o compañera de trabajo se va en busca de otros horizontes, ¿no habrá tusas institucionales o tusas políticas? Creo que es evidente que sí. Entre el Presidente de esta nación y el de la Corte Suprema existe el síndrome tusa. Hacen públicas sus desavenencias. Y, ¿cómo será el tamaño de la tusa de los que creyeron en Luis Guillermo Giraldo y no van a poder votar por el referendo? ¿Uribe y Giraldo con tusa?

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