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Último y definitivo amor

Pasar fijándose

Carolina Sanín hace una comparación literaria de la obra de Fernando Vallejo y de García Márquez.

Por: Carolina Sanín

Publicado el: 2013-03-14

Tenía con mi buen amigo y con mi perra la deuda de leer con atención a Fernando Vallejo, a quien había querido ser indiferente en parte por sus comentarios sobre las mujeres –por desgana de acercarme a quien no me querría–, en parte porque no me convence su puritanismo lingüístico, en parte por la prodigalidad de su desdén, y hay aun otras partes. Pero no porque sea misógino he dejado de disfrutar a Quevedo, de modo que pagué la deuda. Insisto en la metáfora de pagar porque lo que leí fue La virgen de los sicarios, un texto que duele y cuesta y que tiene que leer todo el que sea de aquí y crea que sabe leer, al menos tan cumplidamente como lee Cien años de soledad, para que entienda qué es lo que nos tocó vivir y al tiempo aprenda con qué seriedad nos tocaría escribir si nos pusiéramos a escribir en español, como Vallejo, y no con ese estilo nulo que nos ha impuesto tanto coterráneo ilusionado con que la traducción lo favorezca.

De muchas maneras, La virgen de los sicarios está en el extremo opuesto de Cien años de soledad. Propone la geografía contraria y quizás complementaria: mientras que Macondo representa a Colombia como una réplica del resto del mundo, distorsionada y desplazada a una periferia, un pasado y un aislamiento radicales, el Medellín de Vallejo,“la capital del odio”, pone a Colombia en el centro y en el destino del mundo; muestra su desastre como la entraña de la catástrofe a la que está abocada toda la humanidad. Y mientras que Cien años de soledad construye una identidad literaria tercermundista, La virgen de los sicarios descubre la falacia de toda identidad. No dice qué somos sino que nos dice que no somos nada, todos por igual.

La virgen de los sicarios propone también una versión de la historia contraria a la de Cien años de soledad. Mientras que García Márquez rescribe una mitología construyendo el tiempo a lo largo de la fertilidad de las parejas, de nacimiento en nacimiento y desde el paraíso hasta el vendaval apocalíptico, Vallejo destruye el paso del tiempo, o lo cancela, a través de la esterilidad de la única pareja de su novela: la de un viejo y un niño, tan infértil como la de Don Quijote y Sancho –su antecedente en cuanto a asociaciones de lector con analfabeta hablador de argot–. En Cien años de soledad el amor de los personajes produce personajes. En La virgen de los sicarios el amor de los personajes –el “qué nos ponemos a hacer” de su “mísero presente sin futuro”, la “chimenea sin leños que se mantiene como por milagro, ardiendo apagada”– inventa, en cambio, el lenguaje.

Leí dos y tres y diez veces los párrafos de La virgen de los sicarios. La inteligencia, la belleza de su composición me daba vértigo y una cosa me desconcertaba: si pasaba callada los ojos por el papel, me deslumbraba con la elasticidad de las palabras y las frases. Pero solo podía contemplar las imágenes y los pensamientos si leía las oraciones en voz alta. El texto se completaba en la coin-?cidencia de dos registros: el de la gramática y el de la voz; el del español y el medellinense; el de la tradición literaria y el del chisme, la queja, la digresión, la confidencia, la retahíla.

Como respuesta al “qué nos ponemos a hacer”, Fernando y Alexis visitan una iglesia. “Adultos y viejos llenaban la iglesia y, cosa notable, muchachos con el corte de pelo de los punkeros, rezando, confesándose: los sicarios. ¿Qué pedirán? ¿De qué se confesarán? ¡Cuánto daría por saberlo y sus exactas palabras! Saliendo como una luz turbia de la oscuridad de unos socavones, esas palabras me revelarían su más profunda verdad, su más oculta intimidad”, dice Fernando, que a su turno ora: “Virgencita niña, María Auxiliadora que te conozco desde mi infancia, desde el colegio de los salesianos donde estudié; que eres más mía que de esta multitud novelera, hazme un favor: Que este niño que ves rezándote, ante ti, a mi lado, que sea mi último y definitivo amor; que no me traicione, que no lo traicione, amén”.

A continuación iba a relacionar el amor con el milagro de oír la oración del condenado. Luego iba a decir que mientras García Márquez condenaba a nuestra raza a cien años de soledad, Vallejo nos manda a la muerte, al “rodadero de la eternidad”, con su amor último y definitivo y su luz turbia que sale de la oscuridad de unos socavones. Pero ya no me cupo.