Antonio Caballero.

Un acto de fe

2012/07/19

Por Antonio Caballero.

Imagen de la partícula de Dios publicada en los principales medios del mundo.

A esta nueva o antiquísima partícula subatómica cuya existencia práctica acaba de ser descubierta, o comprobada, y por fin reconstruida en un laboratorio al cabo de cincuenta años de haber sido adivinada o profetizada, y de trece o catorce millones de siglos de que apareciera y a la vez desapareciera con el Big Bang, aquel maravilloso aunque hipotético estallido que dio origen al universo, la llaman “partícula de Dios”. Por un malentendido. O, más bien, por un deliberado bienentendido. Por el acto arbitrario de corrección política del editor de un libro de divulgación científica. Así han aparecido, a lo largo de la historia humana, todos los dioses.

Como los demás dioses, esta novedosa partícula originaria surgió del mero azar. Un teólogo, que en este caso no era un príncipe hindú como Gautama ni un camellero beduino como Mahoma sino un físico teórico escocés llamado Peter Higgs, la inventó o la intuyó, o la encontró cómoda para explicar la maraña de lo real, un día en que paseaba por las montañas en los años sesenta del siglo pasado. Pocos le pusieron atención, pues ya por entonces las partículas elementales, esenciales, fundamentales, primordiales y últimas empezaban a ser muchas, además de pleonásticas y excluyentes entre sí, como los dioses; y contradictorias consigo mismas: imposibles divisiones de lo indivisible. Dentro del átomo habían venido apareciendo protones, neutrones, neutrinos, hadriones, fotones, leptones, gluones, quarks… Pero este último bosón sugerido por Higgs resultaba tan esquivo y huidizo, tan difícil de atrapar, que un divulgador de la hipótesis quiso darle un nombre que reflejara su exasperación: “the goddamn particle”, la maldita partícula, la endemoniada, la endiablada partícula. Al editor de su libro, sin embargo, le pareció de mal gusto usar en el título de un trabajo científico esa mala palabra, “la hijuepartícula”, y prefirió darle el nombre del padre: de “goddamn”, maldecido por Dios, guardó solo la mitad, “god”, dios. La partícula de Dios, la partícula divina. (Y, como suele ocurrir en estos casos desde los tiempos de Moisés, el libro fue un best-seller).

No voy a tratar de explicar lo que no entiendo y ni siquiera conozco: quarks y hadriones y demás. Pero vean aquí la imagen de la mágica partícula de Higgs, portadora de la energía que le da masa a la materia, tal como fue registrada en el túnel acelerador de partículas excavado en las entrañas de los Alpes por el Consejo Europeo de Investigación Nuclear a un costo de diez billones de euros para albergar las elucubraciones y los experimentos de veinte mil científicos de treinta y cuatro naciones.

Debo decir que no entiendo bien la imagen, como no entiendo el tema en su conjunto. Es una especie de vago cono azulado que se transparenta sobre fondo negro (la vastedad del cosmos, supongo), atravesado por un par de rayos rojos (o verdes) como flechas que al chocar en el centro producen un chisporroteo amarillo como un pequeño haz de pajas, como una lucecita, como una de aquellas estrellitas pirotécnicas ensartadas en alambres que quemábamos en las nochebuenas de la infancia para celebrar, precisamente, el nacimiento de un niño dios. El fenómeno, por supuesto, está ampliado millones de veces, porque en la realidad, a escala subatómica, es imperceptible a simple vista. Y por lo que me ha parecido entender de las explicaciones de los periódicos además es invisible. Ya lo advirtió san Agustín hablando de estos asuntos: fe es creer lo que no vemos. Esto que están ustedes viendo fotografiado en esta página no se puede ver.

Tampoco parece, por su aspecto, la reproducción fotográfica de algo real, sino más bien la representación imaginaria de algo conocido solamente de oídas. Una visión artística. Una ilustración de creativo publicitario, como la “chispa de la vida” que se inventó alguno para anunciar una bebida gaseosa. O como esa que pintó otro artista en la pared de la Capilla Sixtina del Vaticano en Roma, en la que el dedo índice del Padre Eterno parece echar chispas al entrar en contacto con el dedo estirado de Adán y en la que no queda claro si es el dios quien está dándole vida al hombre o el hombre quien está creando al dios.

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