Antonio Caballero
  • la mancha de petróleo spobre el río Mira, producto del atentado de las FARC

Como una mano negra…

Se han publicado muchas imágenes impresionantes de los derrames petroleros provocados por los ataques de las Farc contra los oleoductos. Pensaba comentar aquí una foto de esas, tomada desde el aire por Ecopetrol, que muestra una larga y gruesa culebra negra y plateada y amarilla surcando el verde tupido de la selva, interrumpido sólo por un par de desmontes más pálidos.

2015/07/18

Por Antonio Caballero

Se han publicado muchas imágenes impresionantes de los derrames petroleros provocados por los ataques de las Farc contra los oleoductos. Pensaba comentar aquí una foto de esas, tomada desde el aire por Ecopetrol, que muestra una larga y gruesa culebra negra y plateada y amarilla surcando el verde tupido de la selva, interrumpido sólo por un par de desmontes más pálidos. Se puede ver el chorro negro y espeso del crudo derramado penetrando como una cuña en las aguas blancas de un caño, mezclándose con ellas y alargándose en la corriente fangosa de un río más ancho, el Mira, para formar un cuerpo leproso de escamas pardas y moradas. Una triple faja horizontal: verde arriba y abajo, sucia en la mitad; como una bandera de muerte.

Pero aquella fotografía sólo dejaba ver los daños infligidos por el atentado a la naturaleza: el envenenamiento de las aguas y la contaminación de la selva. Y sólo permitía imaginar por inferencia el inmenso drama humano de los caseríos dejados sin agua potable, de los pescadores privados de peces. Esta que sale aquí arriba, en cambio, tomada ocho días después y firmada o distribuida por la Defensoría del Pueblo, se centra en el efecto del ataque guerrillero sobre las personas. Ya la mancha de petróleo ha descendido cientos de kilómetros, invadido las bocatomas del acueducto de Tumaco, sumando 160 mil personas a la gente que se quedó sin agua río arriba, y ha desembocado en el Océano Pacífico. Un niño nada en las aguas de la bahía, todavía verdes y vagamente transparentes, solo manchadas de tierra. Y a su lado crece la oscura amenaza de una gran mano negra y azul cobalto, llena de tentáculos y de lenguas que se estiran, de grumos y de nudos y de ventosas y de caracoles que se enroscan, una repulsiva cosa viva que avanza.


La mancha de petróleo sobre el río Mira, producto de atentado de las Farc.

Con el gusto por la hipérbole que suele tener la prensa, sumado en este caso a la explotación política del asunto, se ha dicho que este derrame de petróleo es la más grave catástrofe ecológica sucedida en Colombia. Exageración evidente para cualquiera que quiera echarle una ojeada, por ejemplo, a la devastación absoluta del río Bogotá. Pero este es un gran desastre que tiene el agravamiento de haber sido causado intencionalmente. No ocurrido por accidente, ni por acumulación de descuidos. Sino que tiene un autor material e intelectual: la guerrilla de las Farc, empecinada en que su destrucción de la infraestructura del país –oleoductos, torres eléctricas, puentes, carreteras, represas– forman parte legítima de su lucha contra el Estado oligárquico. Porque, argumenta, tiene el efecto estratégico de obligar a las Fuerzas Armadas de ese Estado a dispersarse por toda la abrupta orografía colombiana para custodiar la infraestructura, en vez de concentrarse en combatir las fuerzas guerrilleras. Según los voceros de las Farc –que en esto también copian la retórica hipócrita de sus adversarios–, la destrucción de ríos y bosques y las consecuencias sociales de la inutilización de acueductos y redes de energía son simplemente un “daño colateral no deseado”.

Colateral sí es: afecta al pueblo raso, y no al llamado “enemigo principal”. Y tiene también el efecto, sin duda no deseado por las Farc, de que les aliena su posible simpatía y por el contrario les gana su odio. Pero es un daño perfectamente previsible y previsto, resultado de un crimen deliberado. Junto a este crimen cometido a propósito resulta de un desconcertante cinismo ver que los representantes de las Farc en la Habana se atreven a “saludar la valentía del diagnóstico que hace el Papa Francisco” en su Encíclica ecológica. Y dicen que ellos mismos con ecológica prosopopeya:

–Hay que convocar como nunca a la protección de la madre tierra.

Entre tanto, el niño de la foto bracea en el filo del agua y del petróleo, como entre la vida y la muerte.

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