RevistaArcadia.com

Un bandido global

2013/12/12

Por Marta Ruiz

Está de regreso. No es culpa de Andrés Parra y su personaje en El patrón del mal. La fascinación que produce en Colombia Pablo Escobar hace que su enigmática figura retorne una y otra vez. Y esa fascinación por Escobar se está extendiendo a América Latina. En Centroamérica y Cuba, Escobar está en boca de todo el mundo, y en países australes como Chile y Argentina se ha convertido en un fenómeno de masas. Eso merece volver a preguntarse qué es lo que tiene este personaje, más allá, por supuesto, del daño que ocasionó.


Antes incluso de que la serie de televisión saliera al aire, Escobar se había convertido en un bandido global. No como los bandidos sociales que describió Eric Hobsbawm. No como Robin Hood ni Pancho Villa ni Salvatore Giuliano, que eran más locales, apenas secuelas de la transición en sociedades rurales. Escobar le dio una escala urbana a la violencia. Fue posiblemente el primero en usar el terrorismo en las ciudades con fines netamente criminales. Usó para el crimen casi todos los recursos de la política.

Escobar le notificó a Colombia que atrás quedaban el café y su ordenada economía, y que el país entraba a la inestable era de la cocaína y el petróleo. Hizo de heraldo de las economías emergentes que casarían como anillo al dedo con el neoliberalismo. Le notificó también que el Frente Nacional le daba paso a la fragmentación política que desencadenó una competencia por el poder a punta de bala. La guerra colombiana empezaba realmente en los ochenta, y nacía con el narcotráfico adentro.

Escobar, cuyas camisetas se venden en muchos lugares al lado de las del Ché Guevara, nos reveló antes de que se cayera el Muro de Berlín que el capitalismo se imponía por encima de cualquier otra ideología. Él era el súmmum del dios dinero. Simbolizaba la astucia y la falta de escrúpulos que requiere toda acumulación primaria del capital. Se convirtió en un populista en un país sin populismo y en un nacionalista en un país sin nacionalismo. El primero de muchos bandidos que, como él, construirían ejércitos de sicarios a partir de humildes barriadas. Como Marcinho VP en Brasil o el propio Chapo Guzmán en México. Ah, y construyó también una estética perdurable, con la simbiosis de la cultura popular con el hiperconsumo.

Estados Unidos lo llevó al estrellato al convertir su vida y su muerte en un buen guion cinematográfico. Le dio la ambigüedad que necesita todo personaje para hacerse inmortal. Por un lado, aparecía en Forbes como uno de los hombres más poderosos del mundo y, por el otro, en el cartel de los más buscados. Era el number one en todo sentido. Y Escobar se construyó un final de película. Cumplió la promesa de una tumba en Colombia, antes que una celda en Estados Unidos. Murió como lo hacen los bandidos legendarios en el cine, con un arma de bajo calibre en la mano, asaltado por el poder desmesurado de sus enemigos. Su muerte en un tejado, como un animal acorralado, crea la ficción del hombre solitario asediado por el mundo.

La serie El patrón del mal ha hecho el resto. Nos corrobora que el hombre que es capaz de volar un avión en mil pedazos o acribilla sin piedad a sus víctimas no es un monstruo a secas, sino un tipo común. Un hombre ordinario, que recibe cabizbajo los regaños de la madre, que teme ser descubierto en infidelidades, el padre alcahueta, el que prefiere desayunar con huevos pericos que con caviar, el que responde con sentido común a los acertijos más difíciles. Que Escobar fuera un personaje tan básico como cualquier vecino del barrio es su mayor fuente de atracción. A lo mejor porque nos recuerda que el mal está con nosotros, y no necesita motivaciones ideológicas para actuar. Basta el egoísmo puro, y ciertas circunstancias siempre latentes, para que surja un Pablo Escobar.

*Imagen: Pablo Escobar y su novia. Circa 1969.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.