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Un beso

Para este mes, Antonio Caballero decide escoger el grafiti del beso entre Leonid Brejnev y Erich Honecker

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Este beso que ven ustedes no es un símbolo de liberación homosexual, como por su orgulloso apasionamiento podría pensarse. Es más bien el símbolo de lo contrario: de la represión. No sexual, sino política. Un apretado beso de lengua que atornilla el uno al otro, inextricablemente, a dos gerontocráticos dirigentes de lo que en el siglo pasado se llamó “el campo socialista”. A la izquierda, imperioso, el soviético Leonid Brejnev tiende su boca devoradora como una gruesa flor carnívora, chupadora como una ventosa de carne. A la derecha, entregado, el alemán Erich Honecker ofrece sus labios y cierra los ojos en un pasmo de abandono. Salta a la vista que –más en la intimidad, ya sin testigos– de los dos hombres el que muerde nuca es el ruso, mientras el alemán muerde almohada.

Este beso famoso acaba de ser repintado en uno de los fragmentos que subsisten del Muro de Berlín para conmemorar su derribo, sucedido hace exactamente veinte años, en noviembre de 1989: un derribo a su vez símbolo del desplome del “campo socialista”. Su autor, el pintor ruso Dimitri Vrubel, lo copió de una foto en blanco y negro que había aparecido en la primera plana de todos los periódicos del mundo diez años antes, cuando Brejnev visitó en Berlín a Honecker para conmemorar el trigésimo aniversario de la fundación de la RDA: es decir, de la partición de Alemania en dos mitades con la que comenzó la Guerra Fría entre el Este y el Oeste. Si la caída del Muro representó el hundimiento del campo socialista, y fue su consecuencia más vistosa e inmediata, el beso pintado en el Muro, o su foto original, o el hecho mismo, en bruto, representaba a su vez, no la unidad del “campo socialista”, sino su sometimiento a los dictados de la Unión Soviética. Estado de cosas que empezó con Stalin, claro está, pero sólo vino a ser explicitado por el propio Brejnev en 1969 bajo la Doctrina que lleva su nombre, expuesta para justificar con retroactividad el aplastamiento brutal por los tanques soviéticos de la “primavera de Praga” el año anterior y de paso, retrospectivamente, el del alzamiento húngaro de Budapest en 1956 y el del mismo Berlín en 1953 contra las respectivas versiones locales del socialismo.

Con el Muro se hundió el “campo socialista”, y el “campo socialista” se hundió porque en la Unión Soviética la Doctrina Brejnev había sido sustituida por otra: la que hubiera debido llamarse en justicia Doctrina Gorbachov, pues fue creación del sucesor de Brejnev (tras los fugaces Andrópov y Chernienko), Mikhail Gorbachov. Pero se le dio el nombre desconcertante de Doctrina Sinatra por alusión a la canción de Frank Sinatra My Way (A mi manera), puesto que instauraba la no intervención de la Unión Soviética en los países de su campo. No sólo la anunció Gorbachov desde que fue designado Secretario General del Partido Comunista Soviético en 1985, sino que empezó a practicarla de inmediato, con la retirada de las tropas rusas de Afganistán, donde llevaban una década “ayudando a un gobierno hermano”. Y por eso los soviéticos no movieron un dedo –es decir: no movieron un tanque– cuando los berlineses se pusieron a desmantelar el Muro con las manos desnudas. Y en consecuencia no estalló la Tercera Guerra Mundial. Sólo por eso, y así sea con veinte años de retraso, merecería Mikhail Gorbachov que también en él alguien le diera un beso.

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