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Un grato murmullo

Margarita Valencia resalta la importancia y la tradición del cuento

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Cuando el sultán Shahzaman descubrió que su esposa le era infiel, se abandonó a la pena y enflaqueció hasta casi enfermar. Solo la constatación de que la mujer de su hermano también le era infiel logró devolverle la alegría. Y cuando este a su vez se supo engañado, abandonó su trono y se dedicó a vagabundear, hasta que llegó a la conclusión de que no había mujer casta en el mundo y volvió a su reino con la firme determinación de no dejarse engañar nunca más –propósito que logró a través del muy masculino y expedito método de matar a todas las mujeres con las que yacía.

La historia de la infidelidad de la esposa del sultán ha llegado a nosotros gracias a la recopilación de cuentos de origen indio, persa y árabe conocida como Las mil y una noches, y sirve de marco a decenas de historias de reyes y de pescadores, de enamorados y de cornudos, de demonios y encantamientos, y de hombres y mujeres que se enfrentan a estos con las herramientas de las que puedan echar mano. Como en tantos otros cuentos de su estirpe, el ingenio aparece a menudo y soluciona el embrollo. En el caso específico de Las mil y una noches, el ingenio de Sherezada salva su propia vida (y la de todas las mujeres) y cura al rey de su odio; para ello, logra que noche tras noche su hermana Dinarzada y el sultán aplaudan sus extraños y entretenidos relatos y les promete algo mejor para la noche siguiente, “si el rey me perdona y me permite vivir”.

El cuento siempre fue considerado marginal. “A diferencia de los relatos mitológicos, no pertenece a la cultura oficial”, dice Florence Dupont, “y no tiene el prestigio de la epopeya ni la dulzura de la música. El cuento no es más que una historia ficticia”. Sin embargo, de todas las formas de la literatura, es la que dibuja con mayor precisión al hombre tal cual es, con sus imperfecciones y sus caprichos. Su mala reputación obedece, sin duda, al hecho de que los cuentos no quieren enseñarnos cómo debe comportarse un hombre; y a eso obedece también su inmensa popularidad: rara vez sucede en la vida real que optemos por la conducta heroica cuando la muerte nos espera. Lo más humano es preferir la vida y el afecto, y la continuidad que nos aseguramos gracias a ellos.

A esta tradición pertenece el Decamerón de Boccaccio, heredero a su vez de El asno de oro de Apuleyo, quien promete a sus lectores en el preámbulo una variada colección de historias que acaricien “tu oído benévolo con un grato murmullo”; también los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, contados para que el camino parezca más corto: “No queremos sermones… y procurad que vuestro relato no nos haga caer dormidos.” Hermes, dios de los caminantes, lo es también de la elocuencia, de las palabras sutiles y persuasivas: y estas son fundamentales en el juego de seducción de los oyentes, a quienes se pide que ignoren los llamados de atención de su incredulidad a pesar de los genios y las brujas, de las ocurrencias fantásticas que salpimientan los episodios de la vida cotidiana que constituyen su materia y hacen menos duro el camino.

El mito o la epopeya demandan atento y respetuoso silencio, mientras que para el cuento la camaradería es indispensable: debemos convertirnos en cómplices a la hora de abordar el variopinto y siempre divertido fresco de su época que dejó Boccaccio a lo largo de las diez jornadas del Decamerón, un tributo al gozo y al amor, y a la inteligencia aplicada al logro del uno y del otro.

El ideal de hombre que nos propone la gran literatura conduce casi siempre a la guerra y a la muerte; en cambio los jóvenes contadores de cuentos del Decamerón y los peregrinos que se dirigen a Canterbury saben que los días transcurren entre momentos de virtud y momentos de necedad y malicia, a veces con humor y a veces con amargura o resignación, con deseos ilícitos y actitudes poco castas, y necesidades pedestres.

Se nos enseña que debemos aprender de Antígona, la más famosa y osada de las heroínas vírgenes, y no de la esposa de micer Ricciardo de Chínzica, la que prefirió a un pirata joven y fogoso a su esposo, rico y viejo. Debemos grabar en la memoria el nombre de Héctor, pero no el de Randolfo Lúfolo, el mercader arruinado que sobrevivió a un naufragio. Pero el genial Boccaccio sabía muy bien que los “cuentecillos en vulgar florentino y en el estilo más humilde y sencillo posible” le ganarían un sitial en la muy decente y honorable posteridad, porque es así, encajando con mayor o menor maestría un cuento dentro de otro, como la mayoría de las personas vamos armando la vida.

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