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Un salto a la inspiración

Marta Ruiz

La lengua absuelta

Por: Marta Ruiz
Publicado el: 2012-10-30

Hay quienes piensan que el éxito o la felicidad que alguien pueda tener en la vida dependen del pragmatismo con el que actúe. Proponerse metas pequeñas, que se puedan lograr sin mucho esfuerzo; traer los sueños a la realidad. Y claro está, ganar dinero y una posición social que le haga digno de un obituario enaltecedor el día de su muerte. Algo bonito, que recuerde su vida ejemplar.

Pero tercamente los seres humanos buscamos aquello que nos parece más difícil o hasta imposible. Y vamos a ver que algunos lo logran. Cambiar, por ejemplo, el pensamiento de los gobernantes de turno o de la sociedad pacata que nos rodea, como ha hecho un puñado de mujeres que cree en el derecho al aborto. O intentar recuperar las tierras robadas a punta de fusil por una maraña de mafiosos y funcionarios públicos, como lo intentan centenas de campesinos. Muchos de ellos han muerto en el intento, pero los que les sobreviven resisten.

Ciertamente el mundo de hoy se ha forjado gracias a que hombres (y mujeres por supuesto, aunque la historia sea mezquina en su registro) como Magallanes y Roald Amundsen, pasando por Lindbergh y los astronautas del Apolo XI, se lanzaron a la conquista de los mares, las nieves perpetuas o el espacio. Una dosis de aventura, mucho conocimiento, algo de ardor revolucionario y una inmensa fe en sí mismos, fueron las fuerzas propulsoras de sus hazañas.

Otras personas, con menos envergadura, pero similar afición al riesgo, desafían los límites a su modo: se lanzan por los aires agarradas apenas por una cuerda a los tobillos, o navegan sobre aguas turbulentas en una balsa de plástico. No han de faltar los que le dedican tiempo, esfuerzo e imaginación a cocinar la arepa más grande del mundo, el chorizo más grasoso del que se tenga noticia, o quien logra convertirse después de mucho esfuerzo en el tipo más veloz del universo. Entonces ese día reciben como gratificación (o consolación quizá) un titular de prensa al que millones de personas le hacen clic en sus computadoras.

Felix Baumgartner se propuso algo más inspirador: subir a la estratosfera y caer desde allí a la tierra, como si se tratara de un cuento de ciencia ficción. Un día de octubre, este austriaco de cuarenta y tres años subió en su globo de helio hasta los 39.068 metros. “A veces tienes que irte muy alto para entender lo pequeño que eres”, dice que pensó cuando se abrió la puerta y observó la tierra como si fuera un grano de arena. Entonces se lanzó al vacío.

Durante cuatro largos minutos su cuerpo desafió todo lo que parecía imposible: rayos ultravioleta, temperatura, presión. Y, por supuesto, el miedo. Por unos segundos superó la barrera del sonido, y estuvo a punto de estallar. Luego abrió su paracaídas y flotó por entre las nubes otros cuantos minutos antes de caer, como si nada, en el desierto de Nuevo México. Como un ángel de nuestro tiempo, escribió con razón Jacinto Antón en El País.

No tengo idea si lo que mueve a Baumgartner a realizar este tipo de experiencias aéreas (ya se había lanzado del Cristo Redentor de Río de Janeiro y volado a través del Canal de la Mancha) es la vanidad, el ego o la arrogancia. Lo que destaco es que el resultado final es poético. El video con él meciéndose por los aires infunde reverencia: muestra el desafío a las leyes inmutables, el control científico de todas las variables, y la capacidad del ser humano de arriesgarlo todo por una idea en la que cree. En últimas, la fuerza del espíritu. Gracias por recordárnoslo.