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Un símbolo

Marta Ruíz señala la "tendecia" colombiana de romper símbolos

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Los colombianos somos implacables. Apenas unos días después de la Operación Jaque, que le dio la libertad a 15 personas secuestradas, ha empezado una campañita de correos electrónicos contra Íngrid Betancourt. Mientras los chilenos quieren postularla al Premio Nobel de Paz, el gobierno de Francia le dio la Legión de Honor, y ha sido tratada con reverencia por jefes de Estado y por las Naciones Unidas, en Colombia hay voces que le echan en cara su alcurnia, le piden silencio y elevan oraciones para que se radique en Europa definitivamente. Esta insólita actitud tiene origen, a mi juicio, en un profundo desdén por los símbolos. Y en el fondo, por las víctimas de la guerra. Amamos la imagen de la víctima desvalida. Nos encanta regodearnos en la compasión, la piedad y conmiseración. La víctima sin poder, sin voz, se nos hace lejana y distante. Alguien sobre quien ha caído la desgracia. Pero si la víctima habla, reclama, protesta, el respeto por el sufrimiento ajeno se acaba.

La imagen de Íngrid moribunda en la selva exaltó la indignación. Ensalzamos el martirologio. Pero una Íngrid rozagante, lúcida, locuaz, y muy política, empieza a ser sitiada por la sospecha. Somos un país al que le cuesta escuchar a las víctimas. Un país que quiere borrar al desplazado del semáforo, que no tolera las marchas de los sobrevivientes mostrando sus heridas, y que embelesado con las narrativas de los victimarios, desdeña la versión que sobre el dolor y la barbarie tienen quienes la han padecido. Tal como le ocurrió al profesor Gustavo Moncayo. Mientras desesperadamente recorrió el país para clamar por la libertad de su hijo fue vitoreado. Cuando habló de lo que vio en su camino se le tildó de loco. Se le ignoró.

El asunto es que, quiérase o no, Íngrid Betancourt es hoy un símbolo en el mundo. Colombia ha sido un país anónimo para el resto del planeta. En Europa todavía nos confunden con Burundi y en Norteamérica hasta hace muy poco con Bolivia. Tristemente quien nos hizo famosos mundialmente fue Pablo Escobar. El ícono de la cocaína. Muerto Escobar volvimos al olvido. Ni qué decir del conflicto armado. Por algo el escritor francés Bernard-Henry Lévy incluyó en su libro Las guerras olvidadas un capítulo sobre Colombia donde nos describe como una nación en un agujero negro.

Vino a ser el secuestro el que puso el tema humanitario sobre la mesa y muchos en Europa, Estados Unidos e incluso en América Latina, empezaron a tener noticia de que por estos lados se mata y se muere todos los días. Y que había varios centenares de personas pudriéndose en la selva en verdaderos campos de concentración. Por eso Íngrid ha sido reverenciada. Es que en los pueblos donde la guerra palpita en la memoria, las víctimas tienen un valor especial. Y se les respeta no solo por haber resistido la ignominia. Se les respeta porque son símbolos. Son “claves descifradoras de la realidad humana”, en palabras de Paul Ricoeur.

Una sociedad necesita símbolos para superar la guerra. Símbolos del triunfo del bien sobre el mal, de la fortaleza del ser humano frente a la adversidad, de la lucha por sobrevivir, del valor supremo de la libertad y la vida, también de la superación del odio y del resentimiento. Mandela significó eso en Sudáfrica, como lo significa Aung San Suu Kyi en Birmania, o el Dalai Lama en el Tíbet.

La anodina guerra colombiana no ha tenido, hasta ahora, símbolos que trasciendan nuestras propias fronteras. Y no por falta de ganas. Se me hace que cuando el gobierno nombró de canciller a Fernando Araújo quería justamente eso. Por eso le encargó como tarea prioritaria predicar por el mundo la entereza con la que sobrellevó su cruel secuestro y su heroica fuga. Pero no fue Araújo quien se convirtió en un símbolo sino Íngrid. Y si le dan el Premio Nobel de Paz, pues que se lo den.

Al fin y al cabo han sido imágenes como la del profesor Moncayo encadenado recorriendo el país o la de Íngrid Betancourt apagándose en la selva las que han logrado el milagro de lanzar a los colombianos a las calles a protestar contra el secuestros. Ellos nos han dado las claves descifradoras de esa realidad humana que es la guerra. Porque si para algo sirven los símbolos es para pensar.

Quizá por eso, ahora quieren romper el símbolo, implacablemente.

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