RevistaArcadia.com

Una subida

"Como si sagrado quisiera decir pasado, que es un error que uno comete, pensé en los muiscas que allá iban".

2013/05/17

Por Carolina Sanín

 

 

En un corredor del hotel donde me quedé en Villa de Leyva había un tramo de pared cóncava. Tuve que pasar por ahí varias veces entre el parqueadero y mi cuarto, y cada vez me detuve un instante para poner la palma sobre la pared. Era una simple superficie lisa, pero al tocarla sentía la curva y la frescura, y que era gruesa y sólida, y eso me hacía sentir descansada. En otro tramo, más adelante y plano, había un mapa de la región. Lo miré antes de salir hacia la montaña y no supe por qué lado del mapa estaría yo apareciendo en mi subida. La laguna de Iguaque estaba en el centro, verde pálida, al final de un camino que era como un pelo.

Uno llega al pie de la montaña que la laguna coronará, y antes de emprender el ascenso tiene que entrar más al fondo; avanzar por un camino adoquinado y cruzar un puente sobre un río. Junto al puente dice que ahí está la culebra que Bachué convirtió en piedra, y uno levanta la mirada de las letras y la ve: entre el torrente, una piedra más grande que las otras tiene forma de cabeza de culebra. El animal petrificado es como el aldabón de la montaña. Pasado ese punto, se comienza a ascender a través de una franja que casi no es sendero sino apenas una línea desbrozada entre el monte, del ancho del cuerpo, trazada de abajo a arriba sobre piedras, troncos muertos y raíces.

Hay que fijarse en cada paso; andar con los ojos pegados a la montaña, pero no a la elevación que uno quiere alcanzar sino a la montaña sobre la que avanza, que es la misma a la que no ha llegado. Cada paso imagina el siguiente y decide qué cara de qué piedra convertir en escalón. Más arriba la altura del bosque disminuye. Oí unos pájaros. No vi ninguno, pero supe que estaban formados en círculo, posados en las ramas más bajas, y oírlos me hizo descansar sin tener que detenerme.

De repente no hubo más ramas ni más sombra. Yo nunca había visto de cerca un frailejón. Me parecieron, sobre todo, limpios: como lo más limpio que hubiera en el mundo. Sus hojas, del mismo gris y verde pálido que la laguna tenía en el mapa del hotel, parecen orejas de animales de frío, abrigadas dentro de capas de sí mismas y, además de limpias, silenciosamente alegres.

Vi abajo, soleados, los prados de donde venía. Y otras cumbres, que me habían parecido altísimas y ya habían quedado a ras con la mirada. A mi alrededor el verde era cada vez menos verde. El suelo era pedregoso y el aire también un poco, como endurecido de agua helada. La ladera se hizo más pendiente hacia el arco final de la montaña. Luego el camino torció a la derecha y empecé a rodear el alto. A la izquierda se hacía una pared cóncava que debía de cuidar la laguna. A la derecha aparecieron nuevas hondonadas y cerros, dilatando el mundo. Me alcanzó un soplo de niebla y me rebasó.

De repente vi un letrero de madera. Decía Laguna de Iguaque, y que era un lugar sagrado de los muiscas, y algo que no recuerdo bien y era como un llamado al caminante para que supiera por qué había subido.

Y justo después de la lectura, oí el agua. Tendí la mirada un poco más allá y vi que por la pendiente de la montaña vecina bajaba una corriente. Y era en esa montaña, toda suave, toda blanca sin que tuviera nada blanco, y no en la que yo había montado, donde estaba la laguna. Al fondo se la veía, rizada con el viento. Era pequeña y verde oscura y estaba guardada contra la concavidad de la tierra. No coronaba la cordillera sino que era su corazón, rebalsándose en la arteria sola que bajaba por la cuesta que no tenía sendero y no pisaba nadie.

Me lavé las manos en Iguaque, y tocándola me pareció tan remota como en la pared del hotel. No entendía cómo podría acercarme: era agua en el agua, más un ojo que una boca, y estaba como extremadamente adentro. Pensé: todavía no he llegado aquí. Me senté sobre una roca en la orilla y me comí el pan que había traído de abajo, pensando en qué pensar en un lugar sagrado. Como si sagrado quisiera decir pasado, que es un error que uno comete, pensé en los muiscas que allá iban. Quise verme a alguno de ellos tras los ojos. Emprendí el regreso, y tan pronto como le di la espalda a la laguna entré en una niebla que me arremetió con una salva de granizo. Volví del páramo y abajo estuve callada por un rato, calada con el barro de arriba y su silencio.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.