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Uribe por Uribe

Antonio Caballero y el disfráz de Álvaro Uribe.

2010/03/16

Por Antonio Caballero

A quí tienen ustedes al presidente Álvaro Uribe Vélez disfrazado de pies a cabeza de presidente Álvaro Uribe Vélez.

Mírenlo: no le falta ripio. La cabezota que recuerda al Simón el Bobito de la fábula tocada con una vasta corrosca que parece quedarle grande. Tras las gafitas redondas de escribiente, los ojos compungidos de seminarista. El ponchito blanco al hombro, en cuyos pliegues se adivinan en azul un par de letras de anuncio publicitario: habría que donarlo a algún museo, para que hiciera “pendant” con la célebre toallita sudada de ‘Tirofijo’. El aparatoso carriel antioqueño. ¿Qué lleva el presidente Uribe en los múltiples bolsillos del carriel, tanto en los que se abren como en los que, según dicen, son secretos? ¿Plata? ¿Votos? ¿Nada, como la reina Isabel de Inglaterra en su bolso de señora? Y, haciendo juego con el carriel, el zurriago de palo con su fuete de cuero crudo. No hacen juego, en cambio, el cinturón con pespunte (¿regalo tejano de Bush? ¿Artesanía comercial de los niños de “SalvArte”?) y las toscas sandalias de arriero que dejan desprotegidas las uñas de los dedos de los pies, como las de Belisario. La camisa a cuadros de manga corta, o semilarga, no muestra a las claras el logo de la marca sobre la tetilla izquierda: apenas un redondelito rojo. Los pantalones, largos de bragueta, tienen también pernera semicorta, como aquellos “pescadores” que hace medio siglo usaba Audrey Hepburn y, según dijo la prensa, salieron a subasta hace unas pocas semanas.

Y la carita triste de sacristán, o de bobo de pueblo. El que ven en la foto no puede ser sino el presidente Álvaro Uribe Vélez, tal como él mismo se ha hecho, a pulso.

Los hombres del poder se han disfrazado siempre. Con coronas de oro, con plumas de águila, con tiaras de diamantes. Con uniformes militares, que dan mucho juego. Pueden ser fastuosos, acribillados de condecoraciones, cargados de charreteras y entorchados y bordados, y cintas y botones esmaltados, como los que se ponía el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. O falsamente, jactanciosamente sencillos, como al capote gris que con afectada modestia llevaba el emperador Napoleón o la boina roja de paracaidista que usa el presidente Chávez sobre su camiseta de gimnasia. Ni siquiera es necesario ser militar de profesión para ponérselos: Benito Mussolini diseñaba sus propios uniformes militares de opereta, Adolfo Hitler los suyos, más wagnerianos, José Stalin los de él, de inspiración cosaca. Mobutu Sese Seko, en el Congo, se encasquetaba un gorro de piel de leopardo, hasta que se extinguieron los leopardos. Fidel Castro solo abandonó su uniforme de comandante del ejército rebelde para vestirse de hombre anuncio de una marca de ropa deportiva cuando dejó el poder en manos de su hermano, que se viste de general centroamericano. Y si miramos hacia atrás, no digamos: el descomunal manto de armiño de Luis XIV de Francia pintado por Rigaud en el Museo del Louvre, la triple mitra de alabastro del papa Bonifacio VIII, el inverosímil turbante de varias sedas de Solimán el Magnífico, más voluminoso que su propio trono.

Al presidente Álvaro Uribe Vélez, sin embargo, no le sienta bien la ropa de aparato. Recuérdenlo de frac. Hasta la banda presidencial se la pone al revés, pese a su ya larga práctica. Y tampoco se vería a gusto vestido de uniforme militar, salvo, si acaso, de capellán militar. ¿Qué hacer, entonces?

Su megalomanía le dictó la mejor solución posible: disfrazarse de Álvaro Uribe Vélez. El resultado lo tienen ustedes a la vista: la fotografía que ilustra esta nota es una caricatura del poder de Uribe.

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