Ver pasar un sonido

Carolina Sanín se estrena como columnista de Arcadia contando sus impresiones de la visita del piloto de Fórmula 1 David Coulthard a Bogotá.

2010/04/21

Por Carolina Sanín

El sonido de un Fórmula 1 es penetrante, desgarrador, electrizante. Es el sonido de las revoluciones, literalmente. Pero más que la expresión de un desplazamiento, a mí me parece oír en él la manifestación de una frustración extrema. A lo largo del recorrido del automóvil, el motor suena como esforzándose por despertarse sin conseguirlo. Su ruido está siempre empezando mientras dura, y evoca una quietud desesperada, un llamado que quiere salir pero se ve compelido a dar vueltas sobre sí; como mil animales de especies imaginadas que, cegados y confundidos, vociferaran hacia sus propios cuerpos y emitieran, unos dentro de otros, sus zumbidos en trance de convertirse en gritos. Más allá de las obvias asociaciones con la masculinidad, la potencia y el poder, intuyo que la fascinación por la Fórmula 1 trasunta el interés por el movimiento de las fieras: la pregunta por la libertad y la restricción de lo animal.

El pasado sábado 10 de abril cerraron el kilómetro bogotano más transido por la historia para exhibir el quehacer de la Fórmula 1. Por la avenida séptima, desde la Plaza de Bolívar hasta la calle 18, corrió el piloto David Coulthard patrocinado por Red Bull. Dicen que 60.000 personas, tantas como los europeos que partieron a la Primera Cruzada, bordeamos la calle para ver el automóvil que salía del Congreso, pasaba frente a la catedral, dejaba atrás la esquina donde fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, giraba sobre sí mismo y pasaba nuevamente, en sentido contrario. Pero la carrera era cien veces más rápida que cuanto usted tarda en leerla, de modo que el público no veía más que el instante de un borrón definitivo que ni salía ni llegaba. El único indicio de la continuidad y el progreso del borrón era su ruido ofuscado.

El acto debía empezar a las 6:30 a.m., y media hora antes yo estaba ahí. No me interesan los automóviles ni madrugar, pero iba buscando algo en lo que nunca antes hubiera pensado. Mientras la mañana se volvía azul y amarilla, descubrí la ironía de que al socaire del Palacio de Justicia esté un supermercado que se llama Ley. Hablé con una familia campesina que había salido a media noche de Piedras, Tolima, para ver la exhibición. Les pregunté dónde quedaba Piedras. Dijeron que “donde el río de las ostras de agua dulce”. Compraron Red Bull de desayuno, recibieron un volante del club Race Line de Cajicá y leyeron: “Conviértase en socio del club más exclusivo de Latinoamérica”.

Un locutor amenizó la espera anunciando “un momento histórico”. “En este año del Bicentenario de la Independencia –dijo–, Bogotá se convertirá en una de las ciudades del mundo que tienen Fórmula 1, como Montecarlo”. La multitud lo aplaudió haciéndose feliz y se subió a los árboles y a los techos de la séptima, a los que 52 años atrás, el día del Bogotazo, se subió penetrada y electrizada por el sonido de la voz de su líder asesinado para ver el desgarramiento del asesino linchado y el nuevo comienzo de la ciudad.

Por fin pasó el automóvil, hizo volar o fulminó dos palomas que le salieron al paso y volvió a pasar. Quienes mirábamos desde nuestra estatura no supimos de qué color era. Luego nos quedamos detrás de las vallas, viendo el aire vacío, mirándonos unos a otros. Caí en cuenta de que ese mismo fin de semana terminaba el Festival Iberoamericano de Teatro, y pensé que el espectáculo de la Fórmula 1 tiene de particular el hecho de que si el público se pasa al escenario se muere. Luego no supe si debí haber formulado un deseo como se hace al ver pasar una estrella.

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