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Vestido de Rey

Mil palabras por una imagen

A propósito de la última foto de la familia real de Holanda, Antonio Caballero reflexiona sobre qué es hoy un rey.

Por: Antonio Caballero

Publicado el: 2013-02-19



Las revistas populacheras del corazón (esta fotografía que aquí ven es tomada de Semana) están otra vez estremecidas de dicha: hay una nueva reina plebeya. Y encima, inmigrante de un país del Tercer Mundo. No ya venida de la mediana nobleza sin sangre real, como aquella Diana Spencer de Gales a la que Tony Blair elevó póstumamente al rango demagógico de “princesa del pueblo”; ni salida de la pequeña clase media trabajadora, como la Letizia Ortiz de Asturias, que es nieta de un taxista; sino llegada de la remota Argentina. Es Máxima Zorreguieta, por matrimonio princesa de Orange-Nassau, quien como consecuencia de la abdicación de su suegra se va a convertir a finales de abril en reina de los Países Bajos. Aquí la tienen ustedes con su marido y su suegra, saludando con la mano desde un balcón. 

Saludar con la mano. A eso parece haberse reducido últimamente el oficio de Rey, que fue casi sagrado: esa carga terrible, esa dignidad inmensa que tanto atormentó y llenó de tanto orgullo a Felipe II o a Luis XIV. Agitar la mano en el aire, como esos desempleados que encuentran un desenvolate en mover un trapo rojo a la puerta de los restaurantes de carretera de la Sabana de Bogotá.

A los reyes de ahora les pagan mejor, eso sí.

Semana le pone a su foto el título de “Los reyes del siglo XXI”, y lo explica diciendo que las casas reales europeas, para no perecer, están “resueltas a modernizarse” mediante la abdicación de las coronas de los padres o las madres en sus hijos o hijas. Es decir, mediante la reiteración de lo que desde hace milenios ha sido el principio de la legitimidad monárquica: la herencia dinástica. Sin embargo, que un rey sea más joven que su padre no hace que la institución de la monarquía sea más moderna, y que una nueva reina venga de una familia de menos alcurnia que la de su suegra no la hace más democrática. Pero, volviendo a lo esencial: ¿qué es hoy un rey? Estudiemos a este que saluda con la mano en la foto.

Informa la prensa especializada que de él no se sabe todavía si, cuando lo coronen dentro de un mes, se va llamar Guillermo IV o Guillermo Alejandro I, o a lo mejor Guillermo IX. Pero eso no tiene nada que ver con que sea un rey moderno del siglo XXI sino, por el contrario, con enredados vericuetos genealógicos e históricos que vienen desde el siglo XI: emperadores, príncipes soberanos, guerras, revoluciones, derrocamientos, usurpaciones, restauraciones, invasiones extranjeras, etc. El trono holandés tiene doce o quince pretendientes por distintos títulos: príncipes italianos, barones belgas, magnates búlgaros, el heredero de la corona de España y el de la de Inglaterra, el duque de Esparta, el Zar de Rusia y un sobrino tataranieto de Napoleón Bonaparte. No sería raro que también algún colombiano hubiera interpuesto una tutela al respecto, como esos que exigen ante los tribunales de justicia la restitución de un ducado perdido en Castilla o la de un galeón de Indias hundido en el mar.

Pero bueno: aquí tenemos a este Guillermo Alejandro de Orange-Nassau, vestido de rey y saludando en compañía de su madre la reina y de la futura reina su mujer. Vestido de rey: ¿qué es eso? No va de manto de armiño y corona, como los de la baraja, sino con uniforme militar. Vagamente, aproximativamente, omnimodalmente militar. Un poco como el de los dictadores latinoamericanos de su buena época. Porque este Guillermo Alejandro, rey dentro de un par de meses, es a la vez brigadier del Ejército de Tierra, comandante de la Fuerza Aérea y comodoro de la Armada. Así que su uniforme, si es que es un uniforme y no un triforme, resulta un híbrido difícilmente identificable, al menos para los legos en la materia militar. No tiene pesadas charreteras ni hombreras con estrellas o al menos con botones, ni galones de brocado en las mangas, pero sí un alto cuello cerrado de mariscal napoleónico o de libertador de América del Sur bordado de oro y escarlata, y una abotonadura dorada hasta más abajo del ombligo. Una faja roja, o más bien un fajín, del cual cuelgan unas borlas. Una banda azul y rosa, no muy ancha. Unos pesados cordones trenzados de hilo de oro que van del hombro a la tetilla derecha. Y, sobre la izquierda, estrellas, placas, tachones y estoperoles de condecoraciones y de órdenes diplomáticas o de caballería. Es, evidentemente, un uniforme de gala, y no de combate. Pero ¿de qué? ¿De paracaidista, de marino, de húsar de caballería?

No. De rey. Así se viste ahora para salir a saludar desde el balcón de sus palacios. A diferencia de aquel rey ejemplar del viejo cuento infantil, no van desnudos.