Una vista de Dubái con el Burj Khalifa a la derecha. / Foto: Franck Sauvaire/AFP

Dubái

Caminé por Dubái contándome la historia de un pueblo del desierto que encontró en el centro de la tierra una fuente con la que hacer un mundo en el vacío de la arena, y construyó entonces el mundo de una época que no ha llegado y quizás no llegue nunca.

2016/02/28

Por Carolina Sanín

Está el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa, que entra más en el cielo que todas las otras cosas que hemos construido. Se ve muchísimo más alto que las torres que el recelo ha derribado —las gemelas, la de Babel—, más que las torres metafóricas de nuestra aspiración, más que las antenas que recogen cuanto queremos que sea audible, y casi más que la luna. Es femenino y masculino. De noche es una pantalla en la que se proyectan luces de colores en forma de flores y estrellas, en celebración de la munificencia y la bienaventuranza. No subí porque la entrada era costosa y porque no me hacía falta ver desde arriba el mundo pequeño; miré desde abajo y comprobé que los humanos habíamos construido una columna que una sola mirada humana no podía abarcar.

Contemplé el Burj Khalifa desde las fuentes vecinas, que saltan y ondulan. Los chorros hacen pensar en los de petróleo que, siendo lo contrario del agua, han hecho posible que la alegría permanente del agua exista en el desierto. Agradecí el petróleo, que nos ha permitido extender la belleza de lo artificial y volar al otro lado del mundo para enterarnos de que Dios no castiga el emprendimiento humano con la confusión de las lenguas.

En la ciudad vieja visité un barrio “histórico”, una supuesta medina que parecía recién hecha, en medio del reflejo quizá paródico de occidente que el nuevo Dubái propone. Al otro lado del canal, en el zoco del oro, se exhibían kilos de joyas en las vitrinas: cada diez metros se repetía entero El Dorado. Esa riqueza excesiva, a la vez pura pesadez y luz pura, mostraba algo opuesto a la vergüenza y el miedo.

Tampoco pude entrar a ver el lobby del otro edificio icónico de Dubái, el hotel Burj Al Arab, pues no tenía reservación. El edificio es, según la perspectiva, una vela de barco templada sobre el mar o quieta a la orilla del mar. Lo admiré desde una playa que es para todos, como también es para todos la maravilla del hotel si se acoge la oportunidad de admirarlo en la distancia, sin envidia, emocionándose de que haya alguien que pueda dormir adentro aunque no sea yo, e imaginando cómo serán su habitación, su sueño y su vida. En esa playa del golfo pensé que la opulencia es buena y hace conocer lo invisible e infinito. También el mar es opulento.

Caminé por Dubái contándome la historia de un pueblo del desierto que encontró en el centro de la tierra una fuente con la que hacer un mundo en el vacío de la arena, y construyó entonces el mundo de una época que no ha llegado y quizás no llegue nunca. (Solo que no es tan cierto que yo caminara mientras me contaba esa historia de los árabes: no se camina por Dubái. No supe por dónde se entraba en los edificios, ni cómo se pasaba de un edificio a otro. En el avión de ida había visto la película The Walk, que cuenta cómo anduvo Philippe Petit sobre un cable que tendió entre las dos torres del World Trade Center, y en la ciudad pensé en cómo los rascacielos hacen posible que los animales de tierra caminemos por el aire, aunque sea con la mirada). Pensé, también, que así como los malls son los mismos zocos medievales, la ciudad del desierto es todavía el proverbial espejismo del desierto: la proyección de una imagen que nos despierta a la conciencia de que vivimos entre imágenes, en una realidad relativa.

Las fuentes del Dubai Mall fueron para mí igual de sagradas que el grande y clemente Ganges, que había conocido hacía unas semanas en el lugar donde emerge de los Himalayas como una montaña que se ha derramado. Creo que pueden ser tan religiosos los rascacielos de Dubái como los templos que visité en la India, y pueden ser tan hondos los espejismos de la ciudad como los cuerpos simbólicos de los dioses. Esa visión del Lamborghini que pasó veloz, que vi y que no vi, podía convertirse en una ofrenda como el incienso de los brahmanes, y me pareció que la creación de un jardín en el desierto era una auténtica expresión de gratitud, un testimonio del reconocimiento entre lo divino y lo humano, una firme alabanza.

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