Por Carolina Sanín
  • Un paraje en Cundinamarca.

Violencia

Esta semana me ha pasado que me despierto en la madrugada y me siento mortalmente cansada. Tengo un primer pensamiento: estoy cansada porque vengo de lejos y he tenido que cruzar la noche para llegar allá, de donde vengo, y nuevamente cruzarla de regreso hasta mi cama.

2015/03/27

Por Carolina Sanín

 

Esta semana me ha pasado que me despierto en la madrugada y me siento mortalmente cansada. Tengo un primer pensamiento: estoy cansada porque vengo de lejos y he tenido que cruzar la noche para llegar allá, de donde vengo, y nuevamente cruzarla de regreso hasta mi cama. Enseguida tengo otro pensamiento que parece más veraz que el primero: no estoy cansada porque venga de otro lado sino porque no he ido a ningún lado. No he ido ni vuelto. Dormida, no he salido de la ciudad. Veo el sueño, entonces, como un mero entreacto ensombrecido de la vigilia, o ni siquiera eso, sino apenas como uno de los muchos gestos de la representación diurna. Siento, entonces, que no hay salida, que no hay noche ni paz, que el descanso no existe, y me levanto para seguir viviendo dentro del cerco y seguir representándome. A lo largo del día y de la ciudad, resuelvo hacer de cuenta que soy libre y que oigo hablar a otros libres.

Me subí el jueves por la mañana en un taxi y el taxista me preguntó si me molestaba que fumara. Le dije que sí y, para convencerlo de que apagara el cigarrillo sin darle un sermón sobre la convivencia, le dije que me hacía daño el humo porque era asmática. Entonces él, para demostrar el error en que yo estaba al anteponer mi interés al suyo, contó que cuando niño era asmático y su padre lo había llevado al médico, que le había recomendado que le diera a su hijo cigarrillos mentolados. Desde entonces él fumaba contra el asma, “¡y santo remedio!”.

Ese mismo día por la tarde, al venir del trabajo, tomé otro taxi. Fuimos de sur a norte por la Circunvalar. Excepcionalmente el tráfico no estaba pesado, pero el taxista pronosticaba que lo estaría, y maldecía por lo bajo. Cuando nos detuvimos detrás de una fila de carros, se quedó mirando el cerro y dijo que había que cortar los árboles. “Ellos saben arrancarse ¿y quién responde si se caen encima de una casa o de un carro?”. Le dije que era infrecuente que un árbol se cayera. Le pregunté si creía que había que talar todos los árboles. “Solo los altos”, respondió.

Al día siguiente, el viernes, hablé con una persona que antes vivía en el campo y que había tenido que mudarse recientemente a una casa en un pueblo. Yo conocía a sus dos perros, y quise saber cómo estaban. “Están enterrados”, dijo ella, y yo pretendí que había dicho “encerrados” y le pregunté dónde. Dijo que los perros no cabían en la casa nueva y que ella había imaginado que si los mandaba a vivir a otra parte, luego ellos iban a ir a buscarla. “Por eso los llevé al veterinario. Están dormiditos”, explicó finalmente sobre los animales que había mandado matar.

Y ayer, que fue sábado, fui al campo de Cundinamarca. Estuve detenida durante horas dentro de un carro en la autopista y hablé con quien iba conmigo sobre los miles de bogotanos que pasan en un bus la mitad del tiempo que pasan despiertos, entre un lugar y otro, en ningún lugar, sin hacer nada y sin descansar. Hablamos sobre la ciudad que ya no es purgatorio sino infierno devorador del tiempo. Luego llegamos al campo y a la laguna que buscábamos. Los postes y los alambres de púas que delimitaban los predios de la orilla entraban hasta la mitad de la laguna, defendiendo la propiedad más allá de la tierra.

Hoy, domingo, he sentido que tal vez pueda descansar un poco al deponer los argumentos. No quiero darme explicaciones y desisto de pedir o buscar el hilo que me ayude a recorrer el laberinto. Quiero apartarme del hilo, de la persuasión, e imagino que tal vez reportando la secuencia de los días como una alternancia entre fábulas y anécdotas, podré encontrar una distensión en el alambre, un hueco para pasar por debajo de la cerca y caminar hasta la siguiente cerca, a sabiendas de que no se puede llegar lejos ni salir.

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