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Vocablóvoro

Carlos Castillo Cardona enuncia algunas palabras que son vocablóvoros; una amenaza que destruye nuestro lenguaje.

2010/03/16

Por Carlos Castillo Cardona

Acaba de salir la nueva gramática española, que no he podido ni mirar, pues el precio que tiene supera mi capacidad de compra. Ya lo haré, es mi obligación, pero antes tengo que comprar guantes, pues sé que sin ellos las yemas de mis dedos se ampollarían con sólo tocar un libro tan caro. Por lo tanto, no sé qué nombre moderno tiene, si es que lo tiene, ese vicio lingüístico que existe de empobrecer el lenguaje usando una sola palabra cuando es posible usar muchas más, más precisas y más dicentes para designar o calificar un objeto, persona o situación. A esa forma de empobrecer el lenguaje yo la llamaría vocablóvoro, es decir, aquel vocablo que se come a los otros, los remplaza, los aniquila y llega a hacerlos desaparecer.

Hay varios ejemplos que usualmente vienen, no es de extrañar, de los medios de comunicación. ¿Acaso ustedes no han tenido que sufrir, una y otra vez, de una y otra presentadora de televisión, el uso indiscriminado de “sensacional”? Sensacional sirve para todo: cualquier espectáculo de rock, el vestido de una estrella de cine, un libro que la presentadora no ha leído, la cara de alguien o la frase con la cual metió la pata algún político. En fin, decir sensacional es decirlo todo sin decir nada. No hay una palabra más sosa que sensacional. El DRAE dice de ella que es ese adjetivo que se aplica a personas, cosas, sucesos, etc., que llaman poderosamente la atención”. De acuerdo con esta definición, la palabra sensacional parece tener la patente de corso para ser un vocablóvor, o es decir, para comerse cualquier palabra o conjunto de palabras que describan algo que nos produce una sensación.

De tanto en vez se remplaza ese vocablóvoro por la palabra “espectacular”. Vano intento. El resultado es el mismo, pues “espectacular” resulta ser tan anodino y “vocablóvoro” o “palabrochívoro” como lo es el adjetivo “sensacional”. Éste, según Moliner, “se aplica a las cosas que, por el aparato que las acompaña, impresionan a quien las presencia: ‘Una caída espectacular’. ¿Hay algo más tonto que eso? Creo que no. Según Corminas, “espectacular” ya se usaba en el año 1438, y viene del latín, speculari , es decir ‘observar, acechar’, derivado de specula, que no es otra cosa que un puesto de observación. Y todos los que provienen del arcaico specere, es decir, mirar. Todo visto desde la pasividad, la mera observación, el dolce fare niente. ¡Eso es! El mundo del espectáculo, tan caro a Mincultura, en donde los vivos hacen, actúan, y los tontos miran, son pasivos espectadores. Y no hay duda de que para las presentadoras de televisión nada puede provocar más sensaciones que aquello que ellas no pueden o no saben describir. La única sensación que nos queda es la de la frustración de saber que hay algo maravilloso que nunca sabremos qué es. Sensacional y espectacular se comieron las palabras y, por ende, el pensamiento. No hay pensamiento sin palabras, así como no hay palabras sin pensamiento. Cuando alguien usa palabras que matan otras palabras es porque no sabe ni conoce.

La vocablóvormanía está destruyendo nuestro lenguaje y nuestra capacidad de describir y pensar. Hay que insistir en que la palabra “poner” tiene un sentido que no es remplazable por el de “colocar”, o al revés. Tenemos que obligar al uso de palabras tales como “pelo” y “cabello”, “escuchar” y “oír”, pues ambas son válidas con sus matices y con matices pensamos. Que no nos coman el coco.

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