Prípiat, una ciudad abandonada después de la tragedia.

El amor y el rayo

Carolina Sanín dedica esta columna de la edición 124 a hacer un análisis sobre el libro Voces de Chernóbil. La crónica prolífica de la reciente ganadora del Premio Nobel, Svetlana Alexiévich.

2016/01/27

Por Carolina Sanín

Al principio y al final de Voces de Chernóbil, la crónica polifónica de la ganadora reciente del Premio Nobel, Svetlana Alexiévich, hay un monólogo amoroso. En los dos casos habla una mujer que ha pretendido acompañar a su hombre, víctima de la radiación producida por el desastre de la central nuclear de Chernóbil, hasta el fin del mundo; no solo hasta la muerte, sino hasta el extremo del dolor y la desintegración de la humanidad. En los monólogos se habla de la compañía imposible. Se describe la entrega a la unión como una entrega a la separación que está en el fin inevitable de todo contacto entre seres mortales.

Entre esos dos, hay en el libro decenas de otros monólogos. Las voces no dialogan. Todas suenan solas, sin cuerpo y sin personaje, dentro del silencio del estallido nuclear, resilenciado por el secreto del poder soviético y luego acallado nuevamente por los rumores contradictorios, las mentiras, los chistes y las leyendas. Las voces cuentan la historia del proceso invisible e inaudible de la radiación, que provoca el advenimiento de un mundo desalmado, de un mundo que no es, y que procede de la división en la unidad primordial: el átomo.

El contenido de los testimonios de Voces de Chernóbil no produce exactamente compasión; no da cuenta de otra realidad con respecto a la cual pueda apelarse a la empatía, sino que sugiere la posibilidad de vivir la irrealidad: una insalvable y eterna distancia entre la naturaleza y la naturaleza, un mal radical presente en toda la materia.

Las voces del libro hablan de hombres cuya voluntad se manipula y se pervierte. Presentan figuras incapaces de encontrar el significado de estar vivo o estar muerto. Describen las tareas de arrancar la tierra y enterrarla en la tierra, de demoler aldeas y enterrarlas, de exterminar cientos y miles de animales. Retratan la desaparición del instinto de supervivencia. Dan testimonio de la destrucción de la vida comunitaria por el peligro de la contaminación, que hace que todo lo que existe sea el enemigo y signifique la muerte por los siglos de los siglos. Cuentan de niños que nacen enfermos, que viven poco y que nunca pueden estar alegres ni entender su entorno. Explican una nueva relación causal entre la fecundidad y la monstruosidad. Muestran el antagonismo entre el poder y las personas. Describen paisajes primaverales envenenados por la radiación, que en ningún rasgo dejan ver que son agentes de la muerte. Dan cuenta, así, de la separación entre la belleza y el bien. Hablan de una destrucción que pone fin a nuestras nociones de tiempo y espacio sin que dé paso a otro mundo posterior, a otras nociones u otras dimensiones.

Antes de leer este libro, yo había pasado a través de cuanto había leído, vivido y visto, con mi platonismo más o menos intacto. Estaba convencida de que la separación estaba comprendida en la unión. Tenía presentes los átomos, que se unen para formar el mundo y la vida, y tenía presentes los relatos que se encadenan y se contienen unos a otros para mostrarnos que los hombres somos todos uno mismo, que incluye el universo. Con la lectura de Voces de Chernóbil toqué con la mente, por primera vez, el caos, la no vida. Por primera vez, antepongo la irrealidad del rayo a la realidad del átomo.

Puedo decirme, claro, que los monólogos de desesperanza y disolución están enmarcados en la comunicación; que los muertos —los aislados— están contenidos en la declaración amorosa de la voz que recuerda y que suena gracias al contacto solidario con la escritora, que escucha, conserva y transmite. Puedo decirme también que las muchas voces se juntan y se indiferencian en la unidad del libro, al que a la vez, como lectora, yo me uno. Podría decirme, una vez más, que la escritura es la muestra de que lo desintegrado se integra. Pero, por esta vez, todo eso es insuficiente.

Tal vez hay algo en el libro que, con esfuerzo, me permitiría creer en la posibilidad de otro mundo tras el fin del mundo. Es la imagen de los animales que habitan las ruinas de las casas de los hombres, y la insistencia con la que los supervivientes hablan de cómo la catástrofe, que no tiene culpables y no es una guerra, ha unido al hombre con los otros seres. En el cambio de lugar del hombre y en el cambio de significado de lo “humano” creo o quiero ver la señal de un mundo siguiente. Hay también un recuerdo que podría permitirme, después de leer Voces de Chernóbil, acoger la fe: el recuerdo de que después de todo —antes de todo— los dioses más poderosos que hemos imaginado o intuido, y a los que hemos invocado (Baal, Zeus, Indra, Tor, Yavé), han sido dioses del rayo. Pero, viéndolo bien, esa constatación puede producirme más temor que confianza.

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