Wikichismes

Carolina Sanín reflexiona sobre el fenómeno Wikileaks.

2010/01/26

Por Carolina Sanín

Al empezar el nuevo año, el tema que más obsoleto me suena es el de Wikileaks. Lo hemos dejado atrás, lo hemos sacado de nuestras conversaciones como hacemos con los chismes del año pasado. Y es que el mensaje de ese gran interestatal, global, virtual revelador de la verdad no ha sido otro que el que comunica de modo interpersonal, local y actual cualquier chismoso: la infidelidad. Su vehículo, la infidencia, también coincide con el que hace posible la aparición del rumor entre individuos.

 

Debo decir que, mientras duró su boga, no le encontré demasiada gracia a Wikileaks. La información que la página filtraba me parecía vieja y conocida. Nos enterábamos de que los bancos eran corruptos, los gobiernos deshonestos y la guerra bárbara, y en algún momento sospeché que si le prestábamos tanta atención al sitio web era porque teníamos la esperanza de que nos revelara una verdad nueva y absoluta, o bien, nos confirmara el valor de la fe, al explicarnos, por ejemplo, el alcance del amor, o cómo podemos percibir otros universos. A comienzos de diciembre, cuando se dijo que el creador de Wikileaks poseía información del Departamento de Estado sobre los ovnis, creí confirmada mi sospecha.

 

Hoy lo he pensado mejor, y ya no me parece que en esa promesa implícita haya estribado nuestra fascinación por el asunto. Creo que Wikileaks capturó nuestra atención no por abrir la posibilidad de que conociéramos realmente el orden político o metafísico, sino porque hacía eco de un miedo primario e íntimo: el miedo a que los otros hablen de nosotros.

 

No fue la transmisión de imágenes de soldados que asesinaban a civiles a sangre fría sino la publicación de cables diplomáticos lo que suscitó el ataque a Wikileaks y la persecución de su creador, e hizo que el sitio web se convirtiera en tema de nuestras conversaciones cotidianas. La noticia de que un huésped (un miembro del cuerpo diplomático estadounidense) decía que su anfitriona (la presidenta argentina) estaba medio loca daba cuenta de una realidad espantosa que olvidamos para poder vivir: los amigos hablan mal de los amigos (y los amigos se pueden enterar de lo que pensamos de ellos). Y al recibir esa noticia de la infidelidad enfrentábamos otra igual de grave: el poder habla como una persona cualquiera; la conversación del poder consigo mismo tiene lugar en el lenguaje del rumor.

 

Para aplicar lo que aprendimos de Wikileaks y capitalizar nuestro interés genuino en el asunto, propongo la creación de un sitio web que se llame Wikichismes y en el que cualquiera pueda publicar y consultar infidencias acerca de sus conocidos. Quizás este portal del chisme probaría que ?la publicación aumenta la transparencia y la transparencia crea una sociedad mejor para todos, como dice Julian Assange. Por lo pronto, creo que nos ayudaría a liberarnos del miedo fundamental a la imagen. Además, estaría a tono con la tendencia actual (evidente en los reality shows, Facebook, etc.) de eliminar la vida privada. Al ver publicados nuestros secretos nos convertiríamos todos en celebridades, como Assange, el gran chismoso, que, con su famosa filtración de semen (por un preservativo roto o desechado) formuló una ironía perfecta de la diseminación y mostró cómo se traducen mutuamente las esferas pública y privada.

 

El principal problema de Wikichismes, claro, sería la veracidad de sus fuentes: todos maldecimos, exageramos y distorsionamos movidos por la frustración o el deseo de venganza. Pero ese problema podría hacernos conscientes de la debilidad de la información y llevarnos a superar la ingenuidad que nos hace distinguir lo factual de lo ficticio. Y eso sí que constituiría una revolución en el periodismo.

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