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Al son de las ondas hertzianas

Juan Carlos Garay reseña Canta mi tierra, una caja de cuatro discos que recopila la variedad interpretativa que reinó en Cuba durante la primera mitad del siglo XX.

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

El 10 de octubre de 1922, desde un viejo edificio de La Habana, inició sus transmisiones la primera emisora de radio de Cuba y de toda Latinoamérica. A través de las ondas de la estación PWX se escuchó el himno nacional y luego la voz de la cantante Rita Montaner; pero, a diferencia de lo que sucedería hoy, esos sonidos no provenían de grabaciones sino de los propios músicos que iban a los estudios radiales y hacían sus interpretaciones en directo.

Era la intención original del medio. La imagen es romántica y acaso la mejor recreación es la que vemos en algunas escenas de la película Días de radio, de Woody Allen: en estricto sentido, la radio se inició más para transmitir conciertos que para promocionar discos. Cuando un artista “pegaba” (para usar la terminología de hoy) no lo hacía porque una canción suya se repitiera cuarenta veces diarias, sino porque el carisma que se desprendía de una sola interpretación viajaba a través de las ondas hertzianas y se asentaba en el alma de los oyentes. Así fue como los cubanos se enamoraron de Rita Montaner, gozaron con la Orquesta Aragón y aprendieron los versos de “Guantanamera” en la propia voz de su autor, Joseíto Fernández.

Canta mi tierra, una caja de cuatro discos, toma todo su material de los archivos de emisoras cubanas. Son 64 canciones registradas durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, cuando se hizo conciencia de la índole efímera de la radio en vivo y se tomó la decisión de grabar lo que se transmitía. Para entonces el programa más escuchado de las 62 emisoras de la isla era La corte suprema del arte, que transmitía la CMQ. Pero cada frecuencia sabía atacar con lo suyo: Radio Progreso, conocida como “la onda de la alegría”, presentaba en exclusiva a la Sonora Matancera, y la emisora Mil Diez puede decir orgullosa que en sus micrófonos debutó Beny Moré. La competencia radial se parecía más a una constante fiesta y la gran ganadora fue la música.

El repertorio que abarcan estos cuatro discos se convierte en la mejor muestra de la variedad interpretativa que reinó en Cuba durante la primera mitad del siglo XX. Hay voces de corte lírico como el tenor René Cabel, sones de origen campesino como los del Trío Matamoros y hasta influencias del jazz norteamericano en orquestas como la Riverside. Y en cuanto a las canciones hay que decir que, pese al paso de los años, han demostrado una atemporalidad única: “Son de la loma” o “El manisero” son temas que hoy siguen sonando. Solamente un par de canciones pueden fecharse y se oyen más como recuerdo: una interpretación de la Orquesta América del 55 se queja por la moda del rock and roll y proclama la superioridad de la guaracha. Y un chachachá de Enrique Jorrín les canta a los triunfos del deportista Orestes Miñoso, que por entonces bateaba en los Medias Blancas de Chicago.

Con lo cual queda expresa otra cualidad original de la radio: su capacidad de estar atenta a la actualidad y de subrayar lo bueno desconocido que anda por ahí. Artistas como Celia Cruz (la gran ausente de esta colección, hay que decirlo) o el dúo Celina & Reutilio le deben el arranque de su carrera a esas ondas hertzianas que, generosas, los transmitieron cuando no los conocían sino en la casa. Hoy que la radio funciona más como el producto final de transacciones entre disqueras y disc-jockeys, acaso Canta mi tierra tenga un valor agregado: el de reiterar que el medio admite otros formatos, más oído y menos moda. Muchos oyentes lo agradeceríamos.

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