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Una novela del pasado

Alberto de Brigard reseña "Madame Solario" de Gladys Huntington

2015/03/27

Por Alberto de Brigard

Madame Solario es –en términos estrictamente etimológicos y sin ninguna connotación peyorativa– una novela anacrónica, en el sentido de que hay curiosos desajustes entre los momentos de su creación y su publicación. Escrita en 1916, su aparición en el inglés se retrasó 40 años y su primera edición en español tardó otro medio siglo. Por otra parte, la historia ocurre en el primer lustro del siglo xx y la autora deja ver su convencimiento de que esa Bella Época ya estaba mucho más en el pasado de lo que cualquier calendario pudiera sugerir.

Aunque Gladys Huntington tenía menos de 30 años cuando empezó a escribir esta novela, no es difícil imaginarla sosteniendo una conversación con dos compatriotas suyos: Edith Wharton y Henry James, cuya influencia se percibe claramente, sin caer en una imitación impersonal o servil. Huntington comparte con James la observación de las sutilísimas manifestaciones externas de los sentimientos que se permitían las clases acomodadas del pasado, y con Wharton una visión irónica y de repudio a ciertas normas sociales, apoyada en el conocimiento de que, por injustas y detestables que fueran, su poder era real e inexorable.

Ese libro también trae a la memoria algunas películas de Luchino Visconti, tanto por su ambiente suntuoso y decadente, como por la sombra de pasiones incestuosas en la trama; también es viscontiana la organización muy teatral de la historia, en tres partes que podrían corresponder sin ningún impedimento a los actos de un drama escénico clásico.

La protagonista de la historia, Madame Solario, es una mujer bellísima, en los últimos tiempos de su juventud, que se mueve con gracia y dignidad en los lugares de diversión y en las residencias de algunos personajes distinguidos de varios países europeos; el relato empieza cuando llega a un hotel apartado y muy de moda a orillas del lago de Como. La figura y los rumores sobre Madame Solario captan la atención de todos los veraneantes, entre ellos, un tímido joven inglés, Bernard Middleton, que está quemando los últimos cartuchos de un verano de libertad antes de someterse a las obligaciones laborales que le ha decretado su familia, y un capitán ruso de apellido Kovanski, quien parece tener un vínculo ignorado con la mujer. La segunda parte de la obra se inicia con la inesperada aparición del hermano de Madame Solario, Eugène, igualmente joven y hermoso, y rodeado si se quiere por una mayor aura de misterio que ella, pues se desconocen sus andanzas de los últimos años, aunque se sabe que en su pasado hubo un duelo entre él y el padrastro de ambos. El desenlace incluye una huida precipitada y decisiones extremas de varios protagonistas, aunque algunas revelaciones quedan, en cierta medida, libres a la imaginación del lector.

Si bien el resumen del relato lo puede hacer ver como un melodrama del montón, la novela tiene un atractivo especial por su personaje central. Se trata de una mujer que es capaz de vivir con una historia muy dura sobre su conciencia y que, con decisión, ha conseguido que la sociedad ignore su tragedia; sin embargo, ella sabe que esa sociedad no le perdonaría ni la amenaza de un escándalo y debe administrar sus difíciles relaciones con el mundo masculino desplegando habilidad y precauciones extenuantes. Con los años, ella ha logrado parecer apenas decorativa, con un camuflaje que la hace transparente, a fuerza de adaptar sus actos a las necesidades del momento; es ilustrativo que en algún punto de la narración el lector se puede dar cuenta de que a Madame Solario sus conocidos le asignan por lo menos cuatro nombres de pila, de manera que, en esencia, no tiene ninguno.

Este es uno de los casos de un autor cuyo lugar en la historia depende de una única obra. El rescate para los lectores hispanoparlantes de una novela que hubiera podido quedar sepultada en un olvido del todo inmerecido es una decisión editorial digna de agradecimientos.

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