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Un padre olvidado

Un libro para recordar a Alexander von Humboldt, un personaje encantador, visionario y sorprendentemente vigente.

2018/01/23

Por Mauricio Sáenz

Caso curioso el de Humboldt. En su centenario, el 14 de septiembre de 1869, múltiples ciudades, desde Nueva York y San Francisco hasta Moscú y Melbourne, celebraron homenajes multitudinarios. Era el explorador científico más conocido del mundo y en su momento se decía que Napoleón envidiaba su popularidad. Y sin embargo hoy, aparte de América Latina –donde viajó durante cinco años– y de Alemania –su tierra natal–, la suya es una figura casi olvidada.

Y no debería ser así. Andrea Wulf lo afirma en La invención de la naturaleza: el nuevo mundo de Alexander von Humboldt. La historia conspiró contra su recuerdo: fue el último polímata cuando el conocimiento era cada vez más especializado, y si bien dejó una obra enorme, su mérito está, más que en temas puntuales, en sus novedosas concepciones. Tal vez por eso con el tiempo la ciencia asimiló tanto sus ideas que perdieron su capacidad de asombrar. Y, como dice Wulf, se volvieron tan obvias que “el hombre que las concibió parecería haber desaparecido”.

Sí, hoy resulta común decir que la naturaleza es una red de vida muy vulnerable a la acción humana. Pero Humboldt dedicó su existencia a demostrarlo cuando todavía en los siglos XVII y XVIII Descartes, Bacon y Lineo repetían a Aristóteles, para quien todo existía al servicio del hombre.

Alexander von Humboldt nació en una familia aristocrática, y al lado de su hermano Wilhelm, lingüista y filósofo, se convirtió en un investigador e inventor de legendaria memoria, verbo ágil y ambición sin límites. Quería viajar para medirle el pulso al planeta, no obstante solo pudo hacerlo al morir su madre, quien le reprimía pero le dejó una cuantiosa herencia.

Y el azar (muy presente en su vida) jugó su papel: iba a incorporarse a una expedición del gobierno francés, pero este la canceló. Casi por descarte recurrió en Madrid al rey Carlos IV, quien le dio vía libre en sus colonias americanas, algo impensable. Llevaba 42 baúles de instrumentos, a su amigo el naturalista francés Aimé Bonpland y el plan de descubrir la “unidad de la naturaleza”.

Aunque iba primero a México, de nuevo por circunstancias desembarcó en la actual Venezuela en 1799, donde comenzó a demostrar la interacción entre la deforestación y el clima al observar el nivel del lago de Valencia. En la Nueva Granada buscó a Mutis, de quien ya tenía referencias, y trabajó con Caldas. En Quito escaló el Chimborazo, creó el concepto de las líneas isotérmicas –que separan áreas climáticas–, y dibujó un complejo esquema del volcán, estratificando los fenómenos como especies animales y vegetales, humedad, composición del aire y hasta lo azul del cielo. Nunca antes alguien había concebido algo semejante.

Al tiempo que Humboldt exploraba y medía todo (recogió más de 6000 especímenes) escribía vibrantes libros destinados a reeducar a una generación. Tras pasar por Estados Unidos y reunirse con el presidente Thomas Jefferson, regresó a Europa, donde le esperaban recibimientos clamorosos.

Humboldt vivió gran parte de su vida en París, donde deslumbraba en los salones por sus conocimientos y su lengua vivaz. Solo logró hacer otro gran viaje treinta años después del primero, esta vez a Rusia, hasta el macizo de Altai. Sus observaciones le dieron pie para teorizar acerca de la relación entre las especies y hasta de las placas tectónicas, muchos años antes del desarrollo de ese concepto.

Murió en Berlín de 89 años, poco después de entregar el quinto tomo de su obra máxima, Kosmos, un boceto de la descripción física del Universo. Dejó una influencia enorme no solo en naturalistas como Thoreau o Darwin, sino en poetas como Whitman y Allan Poe. En ese mismo sentido, Bolívar, a quien conoció en París, decía que la visión del alemán había despertado en los suramericanos la conciencia de su tierra.

Wulf consigue su cometido: de sus páginas emerge un personaje encantador, visionario y sorprendentemente vigente. Y tiene razón, el movimiento ecologista ha olvidado a ese padre al que nunca conoció: Alexander von Humboldt.

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