Sajalín Editores (2012), 215 páginas, 59.900

El Camino no es como otros lugares

2013/09/11

Por Álvaro Robledo

Kenneth Cook (Lakemba, Nueva Gales del Sur, 1929-1987) fue uno de los personajes más interesantes del siglo XX en Australia. Escritor prolífico, guionista y director de cine, presentador de programas para la televisión, padre de cuatro hijos, fue también lepidóptero aficionado (creó en la década del setenta la primera granja para mariposas en Australia) y cofundador, en 1966, del partido político Liberal Reform Group, opositor ferviente de la guerra de Vietnam. Murió a los cincuenta y siete años durante una excursión con su entonces esposa, en medio del outback australiano, escenario de muchas de sus historias.

Escritor casi desconocido por el público hispanohablante, fue el autor de una de las novelas de culto más sonadas del mundo anglosajón: Pánico al amanecer, la cual no ha parado de reeditarse durante más de cinco décadas. Gracias a Sajalín Editores contamos con una muy buena traducción de su trilogía de relatos humorísticos formada por El koala asesino, El lagarto astronauta y El canguro alcohólico.

El koala asesino, primera parte de la trilogía, es una recopilación de quince cuentos hilarantes que tienen lugar en ese mismo outback australiano en el que, años después, Cook perdería la vida. Son relatos que hablan de la desolación, de la naturaleza agreste y de la locura de los habitantes de estos parajes olvidados. Huesudos hombres encantadores de serpientes, con alientos peores a los de un camello; un monstruo enano, minero de ópalo (razón por la cual su piel brilla con una tonalidad rosa) que ingiere más de cien botellines de cerveza en una hora sin morir; un alemán demente que pretende viajar con seis serpientes taipanes congeladas (de las más letales del mundo), escondidas entre los pantalones; aborígenes tramposos, casi igual de peligrosos que los cocodrilos, los ofidios y las arañas, son solo algunos de los personajes que habitan estas páginas.

“Al igual que tantas otras historias completamente ciertas, era absolutamente increíble”, nos dice Cook en el relato “Un cerdo muy furioso”, y este es el núcleo de la narración del autor: contar historias para muchos imposibles, fantásticas, pero que su escritor vivió en carne propia, unas carnes débiles, flácidas y mimadas que reciben los golpes y aumentan la gracia con que son contadas: “Soy demasiado viejo y estoy demasiado gordo para correr los cien metros lisos”. Los cuentos nos hablan del espíritu colonizador, del hombre que intenta dominar salvajemente su entorno haciendo caso de las palabras de la creación del libro del Génesis en el sexto día. Habla de la batalla por la supervivencia (tu vida o la mía), animal y mineral contra el hombre que todo debe poseer y dominar (tal es el mandato de Dios). Sin embargo, a pesar de su barbarie de hombre blanco, gigante, barbudo y bruto, tiene también tiempo para la introspección y el análisis moral: “Fue entonces cuando comencé a sospechar que la prospección de oro no era un negocio al que conviniera dedicarse si a uno le quedaba el más leve resto de honradez en el cuerpo”, nos dice al final de su relato “Oro negro”.

Son relatos que nos hablan del abandono, de la vida vivida fuera de las ciudades, en el que la lucha por sobrevivir de cualquier manera en “el Camino [que] no es como otros lugares”, transforma a los hombres en monstruos más aterradores que las bestias que intentan matar o dominar: la historia del hombre del siglo XX que repta hasta nuestros días, un hombre vano y lleno de miedo que se regodea en medio de su propio espanto, de su propia destrucción sin sentido: “Conservo la cabeza disecada del cerdo y a veces miro los redondos y brillantes ojos falsos de mi difunto adversario y me pregunto qué habría hecho él conmigo si la lucha se hubiera decantado a su favor”.

Un libro muy recomendado en el que el humor, como siempre, ayuda a matizar todas las vergüenzas, incluso la de ser humano.

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