El levante de Mircea Cartarescu.

La poesía y la derrota

Álvaro Robledo reseña El levante de Mircea Cartarescu.

2015/07/18

Por Álvaro Robledo

Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), es un autor polimorfo. Como el Kitsuné, el zorro de la tradición japonesa, adopta todas las formas porque no tiene ninguna. En sus escritos pasa de la máxima gravedad, como en su pequeña obra maestra, El ruletista, historia de un hombre sin suerte que decide dedicar su vida a la ruleta rusa, en la que jamás pierde; hasta Lulu, novela en la que aborda el tema del doble, de las vidas múltiples, narrada desde la soledad y la tortura de llevar una existencia oculta, prohibida; nos introduce en universos en los que lo único común es el lenguaje de la poesía, entendida, en este caso, no como una estructura inmóvil sino como el aire que respiran todas las cosas de la creación: desde lo más bello hasta nuestra triste condición de humanos atrapados dentro de las jaulas de nuestras existencias, públicas y privadas.

En El Levante, su primera novela, escrita en la cocina de su casa sobre una mesa con tapete de caucho, mientras con una mano mecía el cochecito de su hija y con la otra tecleaba las letras de su máquina de escribir “Erika”, meses antes de la caída del comunismo, confiesa: “Yo, Mircea Cartarescu, he escrito El Levante en un momento difícil de mi vida, a la edad de treinta y un años, cuando, sin creer ya en la poesía (toda mi vida hasta entonces) ni en la realidad del mundo ni en mi destino en este mundo, he decidido ocupar mi tiempo incubando una ilusión”. Se siente indigno de escribir pero sabe que no tiene remedio: es su manera de conjurar la locura de un tiempo de asesinos. No duda en preguntarse: “¿Por qué escribo, si mi escritura carece en cualquier caso de valor, cuando se ha escrito Hamlet y sobre Orestes, y cuando yo no podré jamás igualar a los maestros?”. Lo que empezó como un largo poema de más de siete mil versos, que fue reconocido por la crítica de su país como una de las cimas de la poesía rumana del siglo XX, fue vertido por el autor en esta prosa diáfana y siempre poética (cifra de su autor), un libro que habla de un tiempo sin tiempo y que es todos los tiempos: el tiempo de la poesía que dice haber dejado. Como el zorro del folclor japonés, habla de lo que habla siempre negando lo que dice.

Su país, perdido en la locura de la tiranía comunista de los ochenta, no es distinto del que cuentan los personajes de su relato, hombres y mujeres del siglo XIX que se traslapan en el XX. Leer la Rumania de sus páginas no es distinto de ver la historia de nuestros países latinoamericanos, todos víctimas de las circunstancias que nos ubicaron, en este momento de la historia, en el deshonroso lugar de países del tercer mundo. Destinos extraños de países gobernados por la misma gente durante siglos, en los que sólo parece posible sentarse a mirar y a esperar que cambie la marea: “¿Acaso no llega más arriba el peor y el más insaciable? Ese que esconde con harta vileza sus ansias de poder, que finge ser noble”. Espacios en el mundo en los que los pillos y los brutos se hacen siempre con el poder y desangran a quien se les cruza por el frente.

¿Cuál es entonces la respuesta del poeta, siempre comparado con el vidente, en este caso Cartarescu? Sabe que toda la humanidad, de error en error “se evapora como una cascada que se pierde en el desierto./ Pues la mente es una mezcla de contrarios sin remedio,/ de cinismo y pena, de estupidez y de genio”. Su posición es la del hombre que sabe que no está en condiciones de elegir ni de cambiar nada: aunque es amante de la libertad y de la justicia, sabe que estas son amantes irreales, inexistentes. Comparte sus horas con esa otra amante, la poesía, pero entre ellas es siempre poco práctica la conciliación. Las mira a todas, a todas intenta seducir, siempre intentando encontrar “ese globo que en su día buscaron Leonardo y Gianbattista Vico, que sintieron cerca Góngora y Fulcanelli, y que se encuentra a medio camino entre los átomos y las estrellas”. El globo que busca la comprensión, el huevo que encierra el mundo de la poesía, junto con todas las contradicciones del tiempo.

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