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Amazin’ Grace

Víctor Albarracín reseña la película Manderlay de la trilogía de Lars Von Trier

2010/03/15

Por Victor Albarracín

Manderlay es el nombre de un pueblo en Alabama por el que pasa Grace Margareth Mulligan tras su salida de Dogville. Estamos en 1933, pero a los habitantes del pueblo no parece importarles que desde 1863 la esclavitud haya sido abolida. Los habitantes de Manderlay no tienen contacto con el mundo exterior, es una comunidad que se rige por un código negrero al que todos parecen adaptarse sin mayores dificultades, salvo las originadas por los eventuales azotes recibidos.

Pero Grace, ahora interpretada por Bryce Dallas Howard en reemplazo de Nicole Kidman, protagonista de Dogville, la primera película de la trilogía USA del director danés Lars Von Trier, se siente horrorizada por esta afrenta a la libertad y decide, con la ayuda de los matones de su padre, los mismos que la sacaron de aprietos cuando estuvo cautiva en aquel simpático pueblo de Colorado, tomarse Manderlay y hacer de estos negros esclavos, ciudadanos del país más libre del mundo.

Empuñando la antorcha de la libertad, Grace asume la educación de los antiguos esclavos, invitándolos a convivir en igualdad y a asumir las innegables ventajas de la vida democrática; sin embargo, para la comunidad, esta nueva forma de contrato social parece no resultar muy atractiva. Grace, abrumada por la indiferencia de los negros y cegada por el deseo de la piel de Timothy, un presunto descendiente de príncipes Munsi, se ve perdida en una tormenta de arena, confusión y presunciones que terminan por hacernos dudar hoy del valor de todas las buenas causas.En un pequeño artículo que horrorizó a Eleanor Roosevelt y produjo una respuesta airada de William Faulkner, Norman Mailer afirmaba que “el blanco detesta la idea de que el negro alcance la igualdad en la escuela porque siente que el negro ya goza de la superioridad sensual. De tal manera que el blanco, inconscientemente, siente que se ha mantenido el equilibrio, que el viejo trato era justo. El negro tenía su supremacía sexual y el blanco tenía su supremacía blanca”. Es quizá sobre este argumento que Lars von Trier teje los enredos de una película sobre la vileza y la estupidez humanas, poniendo en evidencia la fragilidad del terreno sobre el que se construyen las ideas de igualdad y progreso.

Y es que Grace es capaz, al modo de San Nicolás, quien sumerge en un tintero a los niños blancos que se burlaban del morito Ben Amí en las páginas de Pedro Melenas de Henric Hoffman, de pintarle las caras a toda la familia Mays, antiguos patronos de la plantación, para sentar ejemplo de respeto y tolerancia usando la no muy afortunada, pero siempre popular estrategia, de hacer de la raza un estigma: humillar a un blanco pintándolo de negro no es, quizás, el gesto más justo para hacer que este entienda el lugar del otro.

Manderlay es un espacio sin lugar. Al igual que Dogville, no es más que un croquis trazado en el piso y rodeado de oscuridad. Un pueblo que podría ser cualquiera y que precisamente por eso debería hacernos pensar si es su historia la de una aislada comunidad de Alabama presa del anacronismo de la esclavitud. Sin una locación verosímil, Manderlay no es más que teatro. La película rompe cualquier pretensión de especificidad y sumerge al espectador en un desajuste espaciotemporal. Bastaría cambiar los nombres de los personajes y ampliar un poco el escenario para que todo nos resultara demoledoramente familiar. Si Grace se llamara George, si en vez de negros tuviéramos afganos, tal vez Trier no nos hablaría de una situación social superada sino de una condición omnipresente que hace de la libertad esa nueva zona de sombra que se cierne sobre nuestras cabezas.

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