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Amistad, drogas y rock´n roll

Ximena Ospina reseña Apocalipsur ópera prima de Javier Mejía

2010/03/15

Por Ximena Ospina

Apocalipsur es la ópera prima de Javier Mejía, un talentoso joven director antioqueño, que en una especie de road movie, o película de carreteras, ha querido relatar una de las muchas caras de la violencia impuestas por los capos del narcotráfico en Medellín hace un par de décadas. La película, de entrada puede decirse, resulta una historia redonda y honesta. Es una trama en la que no se asoma, ni por equivocación, el moralismo o el recato. Lo prueba el motivo central de la historia: para todos sus personajes los estados alterados de conciencia siempre son buenos.

La película tiene un ritmo delirante. Sus diálogos son entre banales y agudos. Su argumento, sencillo: es la vida de cinco muchachos inmersos en una rumba desaforada en la Medellín de los ochenta. Malala (Maricela Gómez), en compañía de Caliche, Pipe y la Comadreja (Pedro Ochoa, Camilo Díaz y Ramón Marulanda), hacen un viaje iniciático desde Medellín hasta el aeropuerto de Rionegro. Van, según lo comprendemos a medida que la historia nos lo permite en su tiempo fragmentado, a recoger a El Flaco, una especie de héroe del quinteto quien ocho meses antes del presente de la película debió abandonar la ciudad, después de varias amenazas en contra de su vida, y de la de su madre, una jueza de instrucción. Es alrededor de él que se va desentrañando la trama.

El Flaco (Andrés Echavarría Molleti) es el protagonista y ese es un acierto de Mejía: aunque no aparece sino al comienzo del filme –y por instantes en los recuerdos de los otros personajes–, es alrededor de él que trasciende la historia. Contestatario, rebelde, soñador y a veces delirante –como todos– por el efecto de las drogas, su figura se impone: es un actor de primera categoría. Aunque las drogas parecerían estar en primer plano durante toda la película, en últimas son solo elementos de utilería de unos personajes profundos y entrañables con los que más de uno se puede identificar.

Con saltos de tiempo, la historia retrocede y se adelanta para ir construyendo los relatos de esos personajes (esta vez muchachos de clase media y media alta) azotados por la violencia que sacudió a Medellín cuando las cabezas de los policías tenían precio y Pablo Escobar era el rey. En ese viaje a través del tiempo y el espacio, aparecen el amor, la amistad y la lealtad como cimientos de la vida por oposición a la muerte: no es el fin del mundo lo que allí se retrata, pero sí el espíritu rebelde de una generación que se resistió a dejarse arrastrar por el Apocalipsis que en muchos casos ha supuesto el narcotráfico para Colombia. Allí no hay autoridad. Los personajes van por la vida sin Dios ni ley, viviendo en una ciudad que parece olvidada por Dios y donde la ley no da abasto para defender su cabeza, sobre la cual se ha puesto un precio.

La primera película de Mejía tiene una clara propuesta de autor. En ella no se encuentran los personajes ni las situaciones cliché de otras cintas colombianas. Al contrario, a los espectadores se les aborda con audacia y a través de unos actores desconocidos, pero con una fuerza y un manejo escénico tan bien logrado que atrapan desde el comienzo. No en vano, el proyecto que empezó a cocinarse en 2000 ya ha estado en una docena de festivales internacionales, entre los que se cuenta el de Cannes, donde en 2006 hizo parte del Pavillon des cinémas du Sud, un espacio que acoge el trabajo de directores del Sur.

Por momentos, la película puede remitir a la dureza de las situaciones que se narran en las cintas de Víctor Gaviria, pero Apocalipsur tiene otro foco. Allí no corre sangre: si acaso una inquieta iguana se mueve con gracilidad llevando el hilo de una crítica social salpimentada con humor negro y mucho desenfado.

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