Chofer de taxi

El retrato de Escobar Velásquez

Ángel Castaño Guzmán reseña 'Chofer de taxi', de Mario Escobar Velásquez.

2015/06/19

Por Ángel Castaño Guzmán

Escrita en los noventa pero hasta ahora publicada, Chofer de taxi (Sílaba, 2015), del antioqueño Mario Escobar Velásquez (1928-2007), es una novela sostenida por un estilo literario vigoroso, viril, agreste. La historia es bien simple: Alaín –según Jairo Morales, el alter ego del autor– llena una libreta tras otra con sus vivencias al volante de un taxi. Lo hace movido por una convicción inquebrantable: la literatura de verdad nace del conocimiento en carne propia de las miserias y las virtudes del hombre real. El escritor, en consecuencia, debe entrenarse en ver a los demás, en tomar de ellos la savia de lo ruin y lo sublime, para luego verterla en los personajes de sus ficciones. Alaín lleva a la práctica sus ideas con Blanca Rodríguez, con el trio de tías encerradas en la casa, a la espera de la muerte; con Malena, su compañera sentimental; con todo el que entra, así sea por un momento, al radar de su mirada. A veces las situaciones y los diálogos bordean lo cliché –los previsibles suicidios de Blanca y de la hija de un compañero del gremio de conductores, las peroratas esotéricas de Maruja, la invidente–, restándole interés, por pasajes, a la trama. En ocasiones Alaín resulta antipático: a medio camino de infatigable latin lover y gurú de jovencitas extraviadas. Y, sin embargo, si algo mantiene atento al lector, es el estilo del autor: su prosa siempre tensa, inventiva, musculosa.

Dos notas, tomadas de Diario de un escritor (Universidad de Antioquia, 2001), sirven para justificar el uso de los adjetivos viril y musculoso –insólitos en estos casos– para calificar la escritura de Escobar Velásquez: en la primera, Mario compara el quehacer del literato con las faenas de vaquería en Urabá. La lucha cuerpo a cuerpo con las palabras lo hace estirar el lenguaje, marcarlo con el hierro al rojo vivo de su personalidad. En la brega adquieren los vocablos una ortografía personal –aparece una tilde, por ejemplo, en la letra inicial de uno (úno)–; se modifican para tener mayor resonancia –las manos de la ciegos se convierten en manosojos y las golondrinas pasan a ser golontrinas–. De ahí el festejo del ingenio lexical de Cortázar y de Guimarães Rosa. Esto no significa que para él el malabarismo verbal sea el cimiento de la obra. Debe ella latir, destilar amor y dolor. La segunda apostilla lo reafirma: al comparar los poemarios de Saint John Perse y de César Vallejo, elogia del guadalupeño la forma; del peruano el sentimiento. Vale la pena citar a pie juntillas el demoledor veredicto: “Al primero le dieron el Nobel de Literatura. Se pregunta uno el por qué, si no lo tuvo antes el segundo. Porque el verdadero poeta es Vallejo: el otro es una puta lora”.

Cuenta Janeth Posada que antes de su debut editorial con la novela Cuando pase el ánima sola (1979, premio Vivencias), Mario Escobar Velásquez recorrió Medellín como taxista. Fiel a sus creencias artísticas, años después rescató las anotaciones de esos tiempos y las convirtió en un libro que reflexiona sobre el oficio novelístico. Chofer de taxi está lejos de ser una obra maestra. Con seguridad Mario lo supo y no le importó, pues como dice Alaín en un fragmento: “Nadie escribe como quiere, o anhela. Cada uno escribe como él mismo es. Escribir es retratarse”. Lo substancial del volumen es el testimonio de un hombre cuya mayor satisfacción provino no de los laureles y los aplausos sino de sentarse durante horas a llenar hojas en blanco –al menos esa es la imagen que deja la lectura de su trabajo–.

Director de talleres literarios y de la revista cultural de Coltejer, Escobar Velásquez perteneció a la cosecha de narradores colombianos eclipsada por el universo macondiano. Dueños de un prestigio regional, sus textos, por razones ajenas a la calidad estética, son pasto exclusivo de académicos y bibliófilos. Cada departamento tiene uno o dos miembros en dicha cofradía. Por fortuna, algunas editoriales independientes, al reimprimirlos, a pesar del viento en contra, completan el mapa de las letras nacionales.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com