Contigo en la distancia.

Parte del alma

Ángel Castaño Guzmán reseña 'Contigo en la distancia' de Carla Guelfenbein.

2015/07/18

Por Ángel Castaño Guzmán

Hasta la mañana del 25 de marzo, el nombre y la obra de la escritora chilena Carla Guelfenbein (Santiago, 1959) eran ignorados por el grueso de los lectores de lengua castellana. Ese día, el comité del Premio Alfaguara de Novela, presidido por Javier Cercas, anunció en una rueda de prensa: Contigo en la distancia fue el mejor de los 707 manuscritos en competencia; le concedió, además, un botín de 175 mil dólares. Con la noticia fresca, Guelfenbein declaró sentirse en tránsito de una liga a otra, echando mano del argot futbolístico. Un galardón suele ser la diferencia entre el anonimato editorial y la celebridad mediática. En algunas ocasiones el ruido no da una idea cierta del número de las nueces; en otras, por fortuna, sí.

Cuatro años tardó la narradora en llevar al punto la historia de Vera Sigall, el trasunto ficcional de Clarice Lispector. Los orígenes judíos, el temprano abandono de la aldea natal, el garbo y la fractura matrimonial, acicate para el trabajo literario y la independencia económica, fueron algunos de los elementos biográficos de la autora de La hora de la estrella tomados por Guelfenbein para darle sustancia a la protagonista del libro. Sigall –apellido de la bisabuela de la laureada– halla su norte en las letras: la precisión en el uso del lenguaje y el reto para alcanzarla, le brindan el abrigo del solar nativo, pues Vera, como Lispector y Guelfenbein, experimentó la malaventura del exilio, el tormento de salir a la fuerza de la patria. Ese, precisamente, es uno de los leitmotivs de la ficción: el lugar bajo el sol que todos debemos –a veces a codazos– ganarnos, para al final descubrir, cuando es demasiado tarde, la respuesta correcta: pertenecemos a un par de calles, al trato con los amigos y familiares, a unas cuantas texturas y aromas. Sigall habita en el relato de la niña cuyas lecturas en voz alta acompañan la agonía de la madre, en la curiosidad de su pequeño hijo. Ella, como toda mujer bella y talentosa, ejerce magnetismo sobre aquellos que entran en su órbita. El poeta Horacio Infante, el arquitecto Daniel Estévez y la literata en ciernes Emilia Husson, reconstruyen fragmentos de la vida de Sigall mientras buscan las piezas faltantes del rompecabezas de sus respectivos trayectos vitales. Dos parejas –la de Horacio y Vera y la de Daniel y Emilia– son las protagonistas de Contigo en la distancia. El amor con su doble cara: sexual y filial, hace del volumen una historia de develamiento y despedida. Las 351 páginas de la novela gravitan en torno a la cama de un hospital. Y concluida la lectura terminan en un sitio diferente al del principio: ese movimiento los transforma de una manera perturbadora y poderosa.

Contigo en la distancia posa la mirada en el funcionamiento de los mecanismos de la fama literaria, la suma de clichés que la rodea y la convierte a la postre en fuegos de artificio. El prestigio conquistado por Infante, por ejemplo, se levanta en la silenciosa labor de editora de Sigall. Con seguridad Guelfenbein tomó en cuenta las discusiones alrededor de la tijera de Gordon Lish en los primeros cuentos de Carver, y los demás casos en los cuales el editor mejora la obra literaria de un tercero. El asunto importa: al calificar la escritura de oficio de solitarios, se obvia el papel de los editores y, tal vez a contrapelo, se eleva al autor a una cumbre insoportable. Vera ayuda a Infante en la confección de los versos, que al ser publicados por la mítica revista Sur, le dan fama al entonces gris oficinista de la diplomacia chilena. A pesar de los infaltables malentendidos, las palabras se convierten en pretexto del encuentro de cuatro seres incapaces de amoldarse del todo a los horizontes de la burguesía latinoamericana. 

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