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Todos somos Inés

'Animales del fin del mundo', la primera novela de la escritora colombiana Gloria Susana Esquivel, no es solamente una novela sobre una niña cuya vida se rompe a los 7 años, es la memoria de una época, en el relato del miedo que, lo sepamos o no, todos llevamos dentro.

2017/04/22

Por Camilo Hoyos

El fin del mundo para un niño es la pérdida de su inocencia, pero esta es una certeza a la que llegamos solo cuando se recuerda desde la edad adulta. Inés vive junto con su madre en la casa de sus abuelos maternos. Su vida lejos le permite tener una infancia: su abuelo, a quien llama la Bestia, es un alcohólico que insta a su hija (es decir, la madre de Inés) a sentirse tan pequeña como el día de su nacimiento; la abuela, ausente para todo aquello que no sean regaños y pellizcos; y la madre, quien a pesar de haber burlado tres veces la muerte, burla también sus instintos maternales. La única compañera de edad es María, a quien Julia, la empleada doméstica, lleva intermitentemente a la casa, para convertirse así en su compañera del mundo del hogar que es tan extraño y misterioso como el mundo exterior de los adultos. Por estos motivos es que la figura del padre de Inés se convierte en una idealización que, si bien hará la delicia de los psicoanalistas por su síndrome de Edipo, puede no ser más que el firme deseo de tener un hogar, y el ritual que poéticamente se lleva a lo largo de toda la novela de querer convertirse en cuantos animales la imaginación le plazca, son las dos tablas de salvavidas con las que cuenta para resistir el espectáculo de las violencias colombianas: la de clases, la política, la doméstica y tantas otras más que la Inés adulta que cuenta la historia reconoce en su recuerdo, pero que la Inés niña nunca imaginó latentes.

En en un país como Colombia, cada generación carga con su propio miedo tatuado en su memoria histórica. Si bien Inés a los 7 años de edad ya ha perdido la inocencia de su niñez, es la Inés adulta quien recuerda su infancia y así nos dibuja el desolado retrato de opresión y fatiga psicológica. Uno de los grandes logros de la novela se sitúa en la perspectiva de su punto de vista narrativo: no sabemos cuántos años tiene Inés al recordar lo que fue su infancia —específicamente la pérdida de su inocencia—, pero sí sabemos que la época que recuerda coincide con la del fatídico 18 de agosto de 1989, día en que el Cartel de Medellín asesinó a Luis Carlos Galán, y coincide también con los años ochenta, que tantas bombas, atentados y allanamientos nos trajo. La niña Inés que es rememorada desde la edad adulta nos hace recordar la extraña e indescifrable realidad de esa década que nos tocó vivir a aquellos nacidos a finales de los setenta o comienzos de los ochenta. ¿Cuántos de nosotros de pequeños veíamos noticias de asesinatos, de bombas, de allanamientos y tantas otras acciones de nuestra historia nacional que son indescifrables para la mente infantil y que nos obligaron a crear mundos fantásticos como resistencia a la realidad? La Inés adulta que recuerda y escribe el libro se convierte en una especie de hermana histórica de toda una generación (es decir, de la nuestra, o la mía, por lo menos) que desde el encierro de nuestras casas cuando éramos niños nunca logró comprender lo que fue la guerra de los carteles y las bombas que explotaban. Una vez el lector crea este puente entre Inés y su propia infancia, la novela de Esquivel deja de ser solamente una novela sobre una niña cuya vida se rompe a los 7 años para convertirse en la memoria de una época, en el relato del miedo que, lo sepamos o no, todos llevamos dentro.

Lo que le ocurre a Inés es que ese miedo a la calle de su ciudad que representa la realidad violenta del país logra atravesar las paredes de su rancia vivienda de abuelos para instalarse como una característica de su vida cotidiana, interior. Inés le teme tanto al mundo exterior como al mundo interior de la casa, y tiene como único refugio la imaginación y la idealización de un padre para anhelar algo que por sencillo resulta aterrador: un hogar. Los animales que imagina ser cumplen con el ritual de permitirle entender el mundo desde lo instintivo, porque la razón, y mucho más para un niño, dejó de ser una herramienta para comprender el mundo. Animales del fin del mundo, primera novela de Gloria Susana Esquivel, encontrará, más que lectores, reflejos de la lejana Inés que de una manera u otra forma parte de nuestra conciencia histórica.

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