El edificio.

Imágenes bogotanas

Antonio Ventura reseña El edificio un libro de Jairo Buitrago con ilustraciones de Daniel Rabanal.

2015/07/18

Por Antonio Ventura

El edificio no es un álbum ilustrado, no es un cómic, no es un cuento infantil, no es un libro solo para adultos o solo para niños.

Bien, pero una vez dicho lo que no es, parece que procedería comentar lo que sí es.

El edificio es un libro ilustrado, con texto de Jairo Buitrago, escritor de libros infantiles e ilustraciones del arquitecto e ilustrador argentino Daniel Rabanal, publicado el año pasado por Babel Libros.

A partir de un sencillo texto de Buitrago, Rabanal construye un universo gráfico cuya materia prima es el paso del tiempo en un escenario que es, antes que nada, Bogotá.

Más allá de la peripecia concreta que narra el texto, El edificio, con el que se relaciona el usuario, es una obra de arte que cuenta una historia que se desarrolla en una ciudad, entendida esta como escenario, como elemento gráfico fundamental, en la que un edificio abre y cierra la misma.

Un edificio que, en sentido estricto, está fuera y dentro de la historia: aparece en la ilustración de apertura –la guarda primera– y en la de cierre –la guarda trasera–, en dos momentos de su devenir temporal. No forma parte de la aventura mínima de los personajes que habitan esa ciudad y se nos muestran en su cotidianeidad, pero su presencia acompaña al lector durante toda la lectura –doble lectura: textual y gráfica–, que crea una atmósfera que la condiciona.

Ese edificio es el teatro San Jorge, en el barrio popular La Favorita.

Pero avancemos en el libro.

Antes, digamos en los años treinta, cuando los ciudadanos no tenían tanta prisa, los viajeros llegaban a las ciudades en tren, como llega a Bogotá el señor Levin, un relojero en busca de casa y local para abrir un modesto negocio; en la misma vivienda encuentra ambas cosas, una finca en la que se conoce con una vecina, la señora Blanca.

Y el tiempo pasa, imperceptible, sobre la ciudad y sobre sus habitantes, hasta que llegan otros vecinos: una familia con un niño, Iván. Un niño que altera, sin pretenderlo, la vida de nuestros personajes. Con este pequeño llega, también, el color al libro. Las ilustraciones dejan de ser en blanco y negro para teñirse de unos tonos pastel, amables, leves como la historia.

La relación entre el pequeño Iván y el, para entonces, anciano Levin, será el hilo narrativo que nos conduzca al final de la historia.

Y la ciudad, durante todo el tiempo, como telón de fondo.

La inteligente secuencia de imágenes de Rabanal va marcando la pauta temporal de esta mínima peripecia. Una secuencia que bien podría ser la de una película de serie B, de cine negro, con una banda sonora de música de jazz, sin voz, en la que un saxo y un contrabajo dialogan, mientras podemos observar la vida diaria de los personajes.

Imágenes dobles, a sangre, se alternan con ilustraciones a media página y otras, compuestas por viñetas de distinta proporción y formato.

Aquellas, para ofrecernos diferentes panorámicas del barrio, del escenario; estas, como en el lenguaje cinematográfico, para mostrar un detalle, un punto de atención, una encrucijada en el texto.

Bien podríamos decir que el significante gráfico se acomoda al significado o, mejor dicho aun, lo materializa, lo evidencia. Las imágenes a doble página, no ceñidas por un marco, son descriptivas, como una panorámica en plano largo de una película; frente a las viñetas en planos medios, cortos y primeros planos, que narran la aventura. Ambas se integran en una dialéctica formal que va construyendo un libro memorable.

Un libro tan necesario como eficaz.

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