La academia de ballet Anna Pavlova.

Tolerancia y convivencia en clave de sol

Emilio Sanmiguel recuerda a las defensoras del ballet en Colombia.

2017/02/24

Por Emilio Sanmiguel

En el sentido estricto de la palabra, Ana Consuelo Gómez Caballero no es la pionera del ballet clásico en Colombia. La pionera fue Beatriz Kopp de Gómez, su primera maestra. Pero sí ha sido la más constante defensora de la danza en Colombia; de niña se subió en las puntas de las zapatillas y no piensa bajarse hasta que San Juan agache el dedo.

Teresa Gómez ha sido, hasta la fecha, la única negra de este país que osó, sin pensarlo mucho, meterse en la música clásica. Ha vivido en carne propia el costo de semejante audacia. Seguramente se va a quedar sentada en el banco del piano hasta el último de sus días, contra viento y marea. Son mucho más que grandes artistas. Lo que han hecho desde su oficio ha sido más que bailar la Muerte del cisne o tocar los Nocturnos de Chopin, ambas con una categoría que nadie se atrevería a poner en tela de juicio.

Ana Consuelo hace años creó su Academia, Anna Pavlova, donde enseña los secretos de las cinco posiciones y sus evoluciones. Presenta los resultados de su trabajo en un espectáculo todos los fines de año. Teresa, que a pesar de todo es agradecida con la vida, y vaya que la música le ha puesto pruebas, se ha consagrado, desde hace unas décadas, a la enseñanza en la Universidad de Antioquia, porque entiende que su vida es un legado que hay que transmitir a las nuevas generaciones. Ambas saben que el arte debe trascender más allá de una coreografía o una buena interpretación, que son efímeras.

Hace dos años, en una de las coreografías, Ana incluyó a una niña con síndrome de Down que hace tres meses apareció nuevamente en varias escenas del Cascanueces de Tchaikovsky. El tema surgió en una conversación, días más tarde. La respuesta de Ana me asombró, porque la asumió desde el punto de vista de la danza y de los progresos que a lo largo del año había hecho su discípula, que con su trabajo se ganó ese lugar en el espectáculo. Como espectador, lo veo desde otro punto de vista: el de la tolerancia a la diferencia, pues desde el escenario Ana, más que una lección de ballet, nos dio una lección de tolerancia ejemplar. Recordé que la mayoría de los bailarines adultos de su academia están becados: por amor a la danza y porque le son indispensables para poder realizar su espectáculo.

Teresa, en la medida de su labor como maestra, hace lo propio. Sus alumnos no suelen venir de las clases sociales privilegiadas. Se parecen un poco a ella, que cuando niña no poseía un piano y a las escondidas, con la anuencia de sus papás, estudiaba en los de Bellas Artes de Medellín. Ella sabe que la música es la manifestación de una vida interior, sus alumnos encuentran en su casa un remanso de acogida, donde tienen acceso a los pianos de “la Profe”, como le dicen cariñosamente. Para uno de sus alumnos más talentosos, subió en un camión uno de sus pianos de cola para que el muchacho tuviera un instrumento donde desarrollar sus habilidades en las mejores condiciones.

A Teresa hace unos años le concedieron la Cruz de Boyacá, por lo que ha hecho como pianista. Ana Consuelo la ve negra cuando tiene que buscar ayuda en las oficinas del gobierno. Porque nadie ve, o no quiere ver, lo que en realidad hace. Ahora vienen los tiempos del posconflicto, y no me quiero imaginar a los oportunistas, que ya deben estar afilando sus colmillos para programar sus conciertos, espectáculos y recitales por “la Paz”, y sacarle su tajada a esa torta millonaria.

Teresa y Ana Consuelo seguramente no van a estar en el festín. Lo extraño sería que las invitaran…

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