Brooklyn, John Crowley (2015)

Brooklyn: ¿Hogar dulce hogar?

Eilis Lacey abandona su hogar en Irlanda para perseguir el sueño americano en Estados Unidos. Conforme pasan los minutos, la película que arranca con un buen reflejo de ese pueblo precario se desborda hacia un drama sentimental que se vuelve predecible.

2016/02/28

Por Pedro Adrián Zuluaga

En cada uno de sus elementos, desde la fotografía hasta el diseño de producción pasando por el trabajo de los actores, Brooklyn es correcta hasta la exasperación, obediente ejemplo de ese “cine de calidad” con grandes temas y nombres reconocibles de la nomenclatura cultural a la moda. Entonces uno recuerda lo que en estos días de triunfalismo nacionalista exacerbado se tiende a olvidar: que es precisamente esa corrección, política y estética, la que tranquiliza a Hollywood, y la que premia en los Óscar. Las tres nominaciones que Brooklyn mereció únicamente en ese orden de cosas resultan comprensibles. Lo que es no tan fácil de asimilar es cómo una película con tanto pedigrí cultural no pase de ser una visión idílica y demodé de la inmigración a Estados Unidos, que borra de un plumazo lo que cineastas como Scorsese en Pandillas de Nueva York ya había mostrado: la violencia detrás de las fantasías de asimilación.

Brooklyn reúne en sus créditos a Nick Hornby, guionista y prestigioso escritor británico, algunos de cuyos libros, como About a Boy o Alta fidelidad, han sido llevados al cine. Hornby ha escrito varios guiones, entre ellos el de An Education, una película de Lone Scherfig que tiene notorios vínculos con Brooklyn. En ambos films asistimos a la educación sentimental o coming-of-age de la protagonista, un género cinematográfico en sí mismo y como tema, un verdadero tesoro para medir las expectativas de una sociedad que se vuelca con toda su intensidad sobre los más jóvenes. La novela homónima de la que parte Brooklyn fue escrita por Colm Tóibín, el mismo autor de The Master, retrato del novelista adulto, que Javier Marías eligió como el segundo mejor libro en lo que va del siglo: una inmersión en el laberinto emocional de Henry James, intuitivo observador de “lo femenino”.

Así que Brooklyn prometía levantarse sobre cimientos sólidos. Y los primeros minutos, en efecto, dibujan con eficacia ese mundo precario de un pequeño pueblo irlandés, que la joven Eilis Lacey va a abandonar para irse a Estados Unidos y reinventar su vida en el “país de la libertad”, ese lugar grande epítome del hogar. Pero tan pronto avanzan los minutos la sensación que cunde es la de lo ya visto. La experiencia traumática del barco, la llegada a Ellis Island (con todo lo conflictivo de ese arribo convenientemente reprimido), las experiencias en el hogar para señoritas donde la protagonista llega a vivir. Y empiezan a sucederse situaciones y personajes previsibles, tensiones típicas, sentimientos empaquetados.

Los momentos que podrían abrir el pequeño mundo de la protagonista hacia un retrato más amplio del exilio y la inmigración son apenas breves pinceladas que no logran desestabilizar la trama sentimental y melodramática que concentra el interés de la narración. Hay un instante precioso en que Eilis ayuda en una cena de Navidad que su iglesia ofrece a un conjunto de ancianos irlandeses solitarios y desamparados. Entonces el cura advierte, frente al asombro de la muchacha, que esos mismos ancianos que ahora no tienen a nadie fueron los que hicieron los puentes y las carreteras, en otras palabras, los que construyeron ese país.

Pero cuando nuestra protagonista encuentra a su chico, y por esa vía empieza a sentirse integrada, todos los potenciales conflictos sociales se dejan de lado. Prevalece la trasnochada idea del melting pot, que desde comienzos del siglo XX fue una metáfora recurrente para hablar de la disolución de las diferencias en la olla común de una nueva identidad. El contraste que la película plantea es simple, casi grosero: entre Enniscorthy, el pueblo irlandés del que la protagonista se va y al que tiene que regresar para probar sus sentimientos, decir la frase clave de la película (“había olvidado… como era este pueblo”) y tomar las decisiones que definirán su futuro, y el gran país al lado del Atlántico, lo más parecido a la casa, según el optimismo integracionista, y sospechoso, de la película.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación