Cada cual es el mundo entero para el otro

Juan Carlos González reseña "La carretera" de John Hillcoat.

2010/09/11

Por Juan Carlos González A.

“Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carreta. El aplastante vacío negro del universo”, escribe Cormac McCarthy en su novela La carretera. Ahora la película homónima, dirigida en 2009 por el australiano John Hillcoat, recrea para nosotros —apegándose al accionar descrito por McCarthy— la dolorosa crónica de un mundo muerto.

 

Estamos en el presente o quizás en un futuro inmediato y ha ocurrido un apocalipsis de origen desconocido —metáfora, acaso, de la desazón contemporánea colectiva— que mató a la mayoría de la población, a los animales, a la vegetación. Los sobrevivientes se han convertido en cazadores, esclavistas y hasta en antropófagos para poder subsistir en un planeta sin comida, energía, agua ni comunicaciones. Lo que quedan son los restos de las ciudades, la basura, los autos abandonados, los muertos, el miedo. Y, claro, los recuerdos. La película es un réquiem y así la registra el cinematografista español Javier Aguirresarobe, que la tiñe de gris, de frío y de nostalgia. Impresionante es la puesta en escena de esas ciudades yermas, de esos campos inhóspitos, de ese cielo apagado, de esa desolación geográfica sin esperanza alguna. Curiosamente no se apeló a los efectos digitales sino a retratar zonas rurales de Oregon, Louisiana y Pennsylvania convenientemente maquilladas para reforzar la idea de una hecatombe completamente probable.

 

No es este el predecible relato de un paladín heroico que vaya a devolver la fe al género humano o a luchar contra una raza de zombies (está uno tentado a pensar que en cualquier momento van a hacer su aparición); es simplemente la historia de un padre y su hijo, un par de sobrevivientes innominados, que tratan de mantenerse difícilmente con vida, mientras arrastran el dolor de la pérdida de su esposa y madre, incapaz de soportar el derrumbe inaudito del mundo tal como lo conocían. El hombre (interpretado por Viggo Mortensen) se debate entre el descreimiento espiritual frente a un Dios que parece no escucharlo —los ecos de Bergman retumban por doquier— y la misión de impedir que a su hijo, un niño aún, le pase algo. Su pistola sólo tiene dos balas. Y pueden ser para ambos, si es del caso.

 

Se antoja una tautología suponer que una película que en su versión original se llama The Road vaya a ser una road movie, pero en eso consiste: la pareja protagónica se enfrenta a diversas e inconexas situaciones que van del suspenso al terror mientras tienen esporádicos encuentros con otros seres (no se pierdan a Robert Duvall) a medida que viajan hacia el sur y el mar, sin ningún propósito distinto a huir del frío. Pero esta historia seca, grave e irremediablemente distante no trata exactamente sobre sus aventuras —en eso Hillcoat y el guionista Joe Penhall nunca se salen del camino—, sino sobre lo que nos mantiene cohesionados, aún humanos frente a tanta adversidad. Este hombre no es un benefactor, ni siquiera un desposeído solidario, pero tiene un hijo y un compromiso. Y ese niño asustadizo lo tiene solo a él. Son “cada cual el mundo entero para el otro”, en palabras de McCarthy. Cada uno es la certeza que le impide al otro desintegrarse. Un tácito salvavidas lleno de sentido en un mundo que se cae a pedazos. Un mundo poco compasivo que pronto se tragará incluso sus recuerdos. En ese momento llegará —definitivamente— la oscuridad.

 

La carretera (The Road)

Dirección: John Hillcoat

Guión: Joe Penhall

Actores: Viggo Mortensen, Kodi Smit-Mc Phee, Charlize Theron.

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