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Caer parado

Eduardo Arias reseña el disco de Jorge Sepúlveda, Caída Libre

2010/03/15

Por Eduardo Arias

La vida de los músicos independientes suele ser parecida a las de los masai, los samburu o cualquier otro pueblo seminómada. Viven en un territorio sin cercas y, como cada día trae su afán, pastan aquí y allá, donde soplen vientos favorables. En Colombia vivir de la música exige migrar de un lado a otro.

Pero no todos los músicos de costumbres nómadas pueden darse el lujo que se da Jorge Sepúlveda: aparecer en los créditos de varios de los discos más emblemáticos de eso que ahora llaman “las nuevas músicas” de Colombia. (Extraña manía, esa, la de ponerles plurales y femeninos políticamente correctos a todo). Miren no más su discografía: Jorge Sepúlveda es y/o ha sido baterista de Curupira, Asdrúbal, Puerto Candelaria, Pacho Dávila y su grupo Zumo, Primero mi Tía, el cuarteto de Ricardo Gallo, Lulacruza y ha participado en discos de las cantantes Claudia Gómez y Lucía Pulido. Además, figura como integrante del grupo de Antonio Arnedo.

Sepúlveda, además, se ha dedicado a la investigación, al aprendizaje tanto académico como en el terreno con varios de los herederos de la tradición del folclor del Pacífico colombiano.

Ya era hora de que Sepúlveda saliera de la timidez de figurar en los créditos de bandas y lanzara un proyecto como solista, con su nombre en la portada del CD. Porque Caída libre, un título que podría evocar un estrepitoso tropezón musical es todo lo contrario. El álbum ofrece un repertorio muy variado, un delicado balance entre la tradición del jazz, la experimentación, algo de guitarras de rock, sonidos urbanos y ritmos ancestrales. Lo componen 13 temas, todos escritos por Sepúlveda, aunque en algunos cuenta con la colaboración de varios músicos en la composición y los textos. Un disco que toma riesgos, que está lleno de pequeñas sorpresas, pero que no se deja arrastrar por excesos: ni de formalismo, ni de experimentación, ni de folclorismo.

Además, Sepúlveda se da trazas de ponerles bastante atención a los textos. No todos están cantados. A veces son voces de fondo, como de programa radial, como de obra de teatro del absurdo. Algunos de ellos, los existencialistas, reflejan el drama de quienes le buscan sentido a la vida en la gran ciudad. Otros presentan rasgos de humor, como la canción “Pedro y Marcelita”, escrita en la tradición de las rondas infantiles pero con un fondo musical bastante inquietante que recuerda a músicos de culto del rock británico como Robert Wyatt y Henry Cow.

Para hacer realidad este proyecto, Sepúlveda se apoyó en una banda conformada por el contrabajista Juan Manuel Toro, el guitarrista José David Giraldo, la cantante (y relatora) Adriana Vázquez, más Boris Ríos (saxo tenor) y Marco Fajardo (saxo tenor, clarinete). Además, en varios de los temas lo acompañan músicos invitados, entre ellos los ya consagrados saxofonistas Antonio Arnedo y ‘Pacho’ Dávila, el pianista Ricardo Gallo, el trompetista Carlos Tabares y los vocalistas Sol Suárez (uno de los tesoros mejor guardados de la música colombiana), Germán Sandoval y Carlos Tabares.

En síntesis, Caída libre no es un disco que sirva para amenizar una recepción. Por el contrario, atrapa y exige atención. Y cada vez que se oye de nuevo aparecen más y más pequeñas sorpresas que andan agazapadas entre sus sonidos.

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