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Cine melancolía

'Café Society', la película más reciente de Woody Allen, luce como una respuesta particular del director a la incógnita sobre cuál es su lugar en la cultura, que le sirve para afirmar su rotunda pertenencia a una tradición: la del cine.

2016/10/26

Por Pedro Adrián Zuluaga

Todo es divertido y a la vez muy triste en Café Society, obra menor de un sabio que en la última parte de su filmografía mira el mundo con una mezcla de horror y apatía. En su película número 47, Woody Allen se pasea por temas y escenarios que domina con suficiencia: familias judías, clubes nocturnos, malentendidos amorosos y el esnobista mundo del cine, y describe la iniciación sentimental de Bobby, un joven que llega a Los Ángeles para trabajar con su tío, un poderoso magnate de Hollywood. La carrera de Bobby en la ciudad de las oportunidades, con la meca del cine al fondo, se ve obstruida por su torpeza emocional. Alrededor de tío y sobrino rondan otros miembros de la misma familia en una trama que avanza sin mayor rigor, como si a Allen, que se reserva el papel de un narrador en off, le interesaran menos sus personajes que el brillo aislado de un diálogo o el virtuosismo de un plano.

Lo que resulta de esta actitud, entre cínica y perezosa, más que una inmersión a fondo es un sobrevuelo. Café Society no reporta nada nuevo para alguien habituado al cine de Allen. Hay lo de siempre: pesimismo, ironía y amor sin peso ni consistencia, pero falta la visión negra que estaba al fondo de Hombre irracional o Match Point. A pesar de los cambios de estilo, las experimentaciones formales, los vagabundeos y las rutinas que las definen, las películas de este director mezclan unos pocos materiales dispuestos con encanto y ligereza hacia un resultado final que, en todo caso, siempre es aleccionador. Allen ha terminado por ser un moralista sin fe, un escéptico que cree, a pesar de todo, que hay algo por aceptar.

El crítico español Carlos Losilla se preguntaba, a propósito de Hombre irracional, hasta entonces su última película, si Allen era una cineasta de verdad o un hombre de cultura que utiliza el cine como medio de expresión. De muchos de los grandes maestros del cine moderno, de Pasolini a Buñuel, pasando por Bergman, se puede llegar a tener la misma duda. El universo de cada uno de ellos tiene tanta solidez e identidad que pareciera poder desplegarse en cualquier medio. Y, sin embargo, en ninguno de los casos esto es cierto.

Café Society luce como una respuesta particular de Allen a la incógnita sobre cuál es su lugar en la cultura, que le sirve para afirmar su rotunda pertenencia a una tradición: la del cine. En sus punzantes diálogos —y ya sabemos que Allen es un maestro del chiste verbal— se amontonan las referencias cinéfilas y los guiños a esos espectadores que se sienten encantados de ser parte de una comunidad de entendidos. También una que otra provocación encubierta de autobiografía, como la mención del gusto de Errol Flynn por las jovencitas. En suma, Allen se siente cómodo en su papel de cronista social, a lo Fitzgerald, de esa belle époque del cine que fue la década de los treinta.

Pero detrás de esa frivolidad también hay otro tipo de conciencia del cine. En Café Society, Allen revisita, sin detenerse en ninguna estación, el imaginario de la comedia romántica, el cine de gangsters y las sitcoms. En cada caso, la mirada del director es a la vez amorosa e indolente, como la de un padre que echa un vistazo y sigue de largo. Los toques virtuosos de la última película del director de Manhattan están en la fotografía de tonos ocres, como para que no quede duda de la noción de edad dorada que se quiere transmitir, al mando del gran Vittorio Storaro; o en la milagrosa capacidad de Allen para dirigir actores. Lo que había logrado con Emma Stone en Hombre irracional, convertirla en un centro magnético en torno al cual la cámara se doblega, vuelve a hacerlo aquí con Kristen Stewart, en su papel de la mujer que hace perder la cabeza al tío y al sobrino. ¿Son méritos suficientes para salvar una película? Quizá no, aunque con el cine de Woody Allen sucede que uno compra la boleta como cuando se paga un tiquete de avión para visitar a un viejo amigo y tener, al menos, un momento de gracia, teñida en este caso de suave melancolía.

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