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Cara a cara

Juan Carlos González reseña la penúltima película de Kim Ki-duk, Time

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

El surcoreano Kim Ki-duk cumple este mes de diciembre 47 años. Director de largometrajes desde 1996, este año presentó su filme número catorce. Time (Shi gan) es su penúltimo trabajo. Todo el cine que hemos visto de Kim Ki-duk es muy similar: se trata de historias intimistas, de pocos personajes, en los que la acción interna tiene tanta o más importancia que la externa. Lo que ocurre en la cabeza y en el alma de sus protagonistas es en muchas ocasiones lo que hace mover el relato, que es por lo general una narración pausada y contemplativa, llena de silencios y latidos antes que de palabras y pasos. Su cine es sensitivo y cerebral a la vez. En consecuencia requiere un espectador en la misma sintonía espiritual e intelectual, a riesgo de no poder apreciar con claridad la belleza de unas imágenes que reflejan el alma desgarrada de unos personajes en perpetua búsqueda de sí mismos y del amor. No son pocos los críticos de este abordaje y por eso su obra fílmica ha sido tildada de vacía y presuntuosa. Es posible que Kim Ki-duk no sea un artista para todos los gustos, pero la cohesión de su obra nos habla de uno de los pocos autores con compromisos estéticos e intelectuales que nos ha dado el cine de estos días.

Time es otro capítulo de sus búsquedas personales. En este caso la protagonista es la identidad personal, lo que somos, lo que refleja nuestro rostro. Para reflexionar sobre el tema, el director construye una fábula: una mujer hermosa, See-hee, consumida por los celos y el temor de que el cansancio socave su relación de pareja decide desaparecer y someterse a una cirugía estética extrema que le de un nuevo rostro y con él, la oportunidad de reverdecer el amor que Ji-woo siente por ella. ¿Somos y estamos definidos por las coordenadas de nuestra cara? ¿O la identidad es algo más profundo, algo que ninguna cirugía plástica puede alterar? See-hee ahora es una mujer de apariencia totalmente distinta, igualmente hermosa, pero en el fondo es y seguirá siendo la misma. Sin embargo Ji-woo no la ve. Él continúa enamorado del rostro original. Y como ocurría con Nestor Patou (Jack Lemmon) en Irma la dulce (1963), See-hee siente celos de ella misma. Hasta aquí puedo contar. Lo que sigue es un espiral de eventos que se salen del control de esta mujer, como una especie de venganza que el destino le tiene preparada por haberse puesto a jugar con los sentimientos y las vidas ajenas.

La película, sobre todo por su pesimista final circular, deja abiertos muchos interrogantes. Sin embargo, la pregunta que hay que hacerse es si queremos resolverlos. Time tiene un gran problema: el de See-hee es un caso patológico digno de un buen psiquiatra. La personalidad enfermiza de esta joven nos hace sentir un inmediato rechazo respecto a su vida y un desinterés por su porvenir. Nos parece que su desaparición es lo mejor que le pudo haber pasado a Ji-woo, que ha tenido que soportarle escándalos y celotipia desbordada. Y si el público no se conecta con el personaje protagónico entonces la película no funciona en el plano emotivo, solo en el cerebral y esto suma distancia a la que Kim Ki-duk ya le ha impreso desde un principio con su falta de contextualización de los motivos de sus personajes. ¿El resultado? Un filme infortunadamente frío, cuyas intenciones expositivas no encuentran resonancia en un personaje que queremos tener lejos de nosotros.

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