Caricaturas rabiosas

Pascual Gaviria reseña Adiós a los próceres de Pablo Montoya.

2011/01/25

Por Pascual Gaviria

Toda revolución trae entre sus cimbronazos las obligaciones de la impunidad para los artífices. Es lógico que los triunfadores tomen las sillas coronadas y se dediquen a la firma de los decretos y las sentencias de muerte. Se supone que más tarde, cuando el entusiasmo se convierta en retórica y los pintores oficiales estén muertos, la historia se encargará de vengar la grandilocuencia del bronce y la mentira no memorable sino memorizable de las cartillas.

Pero para el caso de nuestra independencia el asunto no fue tan sencillo. La reconquista quiso que muchos de nuestros próceres fueran triunfadores y mártires al mismo tiempo. Lucieron la espada de gala unos días y luego visitaron la mazmorra, posaron rígidos para el retrato pomposo y más tarde para el fusilamiento. Incluso luego del triunfo definitivo siguieron guerreando por inercia y mezquindad. Así que la historia se acostumbró a ensalzar sus martirios, sus sacrificios, sus derrotas, sus muertes. Y no quedó mucho espacio para otra venganza, para la cuenta de cobro del cazador de gazapos, el desconfiado, el coleccionista venenoso y risueño de las lacras que implica toda gloria.

A esa tarea se le midió Pablo Montoya en su libro Adiós a los próceres. No contento con esculcar algunas vergüenzas de los protagonistas de la épica, con mirar sus bolsas dudosas, sus poemas cojos, su ciencia primitiva, sus proclamas tibias, sus pasquines facciosos, se dedicó en inventar algunas claves imposibles para la historia y sus polillas. Así que podemos ver a Salvador Rizo, el pintor, hablándole a las vaginitas provocadoras que asoman en el fondo de las corolas mientras Mutis lo mira con ojo torvo, y es posible descubrir a Antonio Ricaurte, el polvorero, rozando el culo de las señoras con su codo malicioso; y a Antonio Nariño, el traductor, tapando sus robos con el inventario de sus encierros, como un funcionario corriente. Ese es apenas un pequeño inventario de lo que se encuentra en el libro. Porque como lo dice el autor: “Así se comportaban los grandes hombres de ese tiempo: eran olvidadizos y arribistas, megalómanos y bufones, es decir, humanos, demasiado humanos.”

Pero Montoya tampoco se contentó con imaginar algunas escenas que la historia deja intuir. Además de eso, se dedicó a deformar por medio de la caricatura. Desde unos años antes de la independencia, cuando todavía la tecnología del grabado para imprimir las caricaturas no había llegado, ya estaba listo el camino para el ataque burlón y la sátira. Los pasquines que se pegaban en las paredes y se repartían en las esquinas eran una especie de caricatura por escrito, coplas que hacían las delicias del pueblo y se quedaban en su memoria. Así le cantaban los insurrectos del Socorro a los muy rectos de Santa Fe en 1781: “Santa Fees: ¿tanto aguantar?/ No en balde os llaman patojos,/ Pues pulgas, niguas y piojos/ No os dejan levantar”.

Cuando Bolívar abandonó Santa Fe de Bogotá en 1830, derrotado y camino a la muerte en Santa Marta, las paredes de la plaza estaban llenas de caricaturas y versos insultantes al Libertador. Así lo relata José Manuel Restrepo: “La plaza estaba llena de sátiras groseras contra el general Bolívar y ridiculizando la monarquía a que dicen quería elevarse. Hubo mucha irritación de sus partidarios, y su amiga, doña Manuela Sáenz, quiteña, que es una loca, quiso quemar el castillo violentamente porque ella también estaba retratada.”

Las pasiones que despertaron esas caricaturas ahora están bien enterradas. Adiós a los próceres lo que hace es develarlas con un toque de humor, de maledicencia, de erudición y hasta de compasión. No estamos en frente de las invectivas rabiosas de Fernando Vallejo ni del revisionismo florido de William Ospina. Lo que tenemos en el libro de Pablo Montoya son un conjunto de biografías enciclopédicas tomadas de lo que se encuentra en los cajones prohibidos. El tono puede ser poético o descriptivo o reflexivo o carnavalesco según convenga. Pero aquí no hay solo 23 semblanzas, porque los perfiles grotescos de unos y otros se cruzan muchas veces, como se cruzaban las sangres de los criollos envarados, y entonces es posible leer historias y encontrar claves más allá de las simples definiciones personales.

Adiós a los próceres

Pablo Montoya

Mondadoria, 2010

166 páginas. $31.000

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