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Cenizas familiares

Juan Carlos González reseña la última película del director italiano Gabriele Muccino, Acuérdate de mí

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Los insondables misterios de la distribución del cine que llega a Colombia siguen mostrando su impenetrabilidad y falta de lógica: ahora nos traen Acuérdate de mí (Ricordati di me, 2003), de Gabriele Muccino, cinco años después de su estreno y cuando hace ya casi dos años vimos su película posterior, En busca de la felicidad (The Pursuit of Happyness, 2006), su primera incursión en Hollywood. No es difícil que en un futuro próximo aparezcan otras obras suyas hechas allá: el que prueba las mieles de la industria californiana cae bajo un hechizo incomprensible que los hace olvidar el buen cine que hacían en su país, para engrosar una larga fila de desterrados que terminan haciendo un cine homogenizado y empacado al vacío, donde no se adivina ninguno de sus rasgos como autor. Y es que lo triste es que Muccino —romano, 41 años, antiguo asistente de dirección de Pupi Avati y Marco Risi— es talentoso: fue el director de Ahora o nunca (Come te nessuno mai, 1999) y sobre todo de El último beso (L´ultimo bacio, 2001), una de esas películas pequeñas e ingeniosas que dicen mucho más de lo que somos los seres humanos que cualquier tratado de antropología. Tan buena es, que ya Hollywood hizo un remake con guión de Paul Haggis: se trata de The Last Kiss (2006), con Zach Braff y Rachel Bilson. O sea que Acuérdate de mí —a pesar de la inexplicable tardanza— puede ser la última oportunidad que tengamos de ver a Gabriele Muccino haciendo cine en Italia, así el resultado final no sea redondo.

Carlo y Giulia se llamaba la joven pareja de El último beso y así se llama la pareja protagónica de Acuérdate de mí, estableciendo lazos de continuidad y afinidad entre ambos filmes, como si el segundo narrara lo que ocurrirá con ambos veinte años después, cuando los sueños ya no son tantos y el peso de las responsabilidades, obligaciones y frustraciones cae sobre un par de esposos que tuvieron que renunciar a muchas cosas para levantar la familia que ahora tienen y que antes que ser perfecta, está en realidad a punto de estallar. Tienen dos hijos —Paolo y Valentina— saliendo de la adolescencia, cada uno buscando su voz individual y tambaleando entre la oscuridad; tienen trabajos que no los satisfacen y tienen muchas cosas que los alejan, que los ponen frente al abismo, así traten de mantener con dificultad las apariencias. Muccino —buen observador— es hábil a la hora de escenificar y retratar una situación que describe el estado agonizante de muchas familias, no solo italianas sino en cualquier parte del mundo, y lo hace transmitiéndonos una sensación de caos, de desorientación, que en últimas es en realidad falta de interés en unos personajes egoístas que apelan al “sálvese quien pueda”: él encuentra una antigua amante (nadie menos que Monica Bellucci), ella vuelve al teatro para enamorarse de su profesor, Valentina hará lo que sea para volverse famosa ante las cámaras de la televisión y Paolo solo desea ser visible para la mujer que desea.

Atomizados como familia, el director Muccino los descuida, rodeándolos por los cuatro costados de clichés, obviedades y lugares comunes que no logra disimular, mientras prepara un golpe final, un oportuno (para él) deus ex machina, que va a volver a poner las cosas más o menos en su sitio, sencillamente porque él solo no sabe cómo hacerlo. Ni la actuación sólida, como siempre, de Laura Morante en el papel de Giulia hace que esta obra menor salga avante. Faltaron ironía e inteligencia, sobraron dolor y hastío.

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