Tauroética, de Fernando Savater

Complejo de Teseo

Anderson Benavides reseña Tauroética, de Fernando Savater

2013/06/14

Por Anderson Benavides

Un docto, un erudito, un filósofo profundo hasta los mismísimos confines del infierno, se necesita ser para sacar de sus tumbas a Montesquieu, a Kant, a Schopenhauer, a Nietzsche, a Aristóteles, a Darwin, a Descartes, a Borges, a Rubén Darío, a autores de ciencia ficción y a ET el extraterrestre, con el único fin de decir que el chorizo que se suele servir en nuestras mesas proviene de un marrano sacrificado en un matadero, o que la sobrebarriga es producto de un novillo igual de desafortunado. Pero tratar de hacernos creer que criar una fiera es motivo suficiente para equipararla con animales domésticos como el perro o el gato es una cosa que desborda toda medida de la inteligencia humana, tanto más cuanto la sola insinuación de que se puede fabricar una “fiera honrada”, o que los toros de lidia son “fieras domesticadas”, significa caer de entrada en la peor de las redundancias. “¡Eso es una contradictio in adjecto!”, podría exclamar cualquier gramático iracundo.

Poco más o menos es eso lo que afirma Fernando Savater en su Tauroética: que, si así se le antojara, cualquier hombre podría tomar dos fieras genéticamente similares, cruzarlas, alimentar a sus crías y, antes de que sean ellas las que decidan convertirlo a él en su alimento, arrancarles uno a uno los dientes, sacarles los ojos, rasgarles a tiras el cuero y mocharles las patas. ¡Y hacer de ello un espectáculo!, porque “la barbarie no consiste en tratar con inhumanidad a los animales, sino en no distinguir el trato que se debe a los humanos y el que puede darse a los animales”.

El libro plantea una vehemente defensa de las corridas de toros, y un feroz ataque a los que su autor toma como los representantes más importantes del último grito de la moral: los antitaurinos, a quienes cada vez que puede les recuerda que “los seres irracionales forman parte de la dieta aceptable, pero los racionales no”. Pero, veamos, ¿acaso un ferviente adorador de la razón como Savater ignora que casi toda decisión humana parte de una previa valoración moral o, tanto mejor, que la indignación proviene justamente del instinto natural de justicia presente incluso en el más simple de los bípedos razonadores? Por lo demás, es de sobra conocido que la pecaminosa moral de los antitaurinos, y del resto de defensores de los animales usados en esa clase de pasatiempos, solo pide que se deje de humillar a otros seres vivos, no que se les otorgue derechos de ciudadanía.

“¿Un espectáculo cruel? –se pregunta en uno de los apartes–. Sin duda –se responde–, pero también la representación de lo trágico en toda su crudeza y con un fondo de resignación triunfal: como la vida misma”. Seguramente, aunque un autor con semejantes credenciales debería saber muy bien que en el origen –y la cúspide– de la tragedia como arte escénico la muerte de los personajes no se mostraba en carne viva por considerarse algo repugnante y vulgar.

Luego, o antes, porque el libro carece de cualquier orden argumentativo, e incluso se repite con una frecuencia algo innecesaria para las escasas cien páginas que lo componen, saca quizá la conclusión a la que se propuso llegar: “Está claro –dice–: sin hipódromos de competición dejará de haber caballos de carreras y sin corridas desaparecerán los toros de lidia y las dehesas”. Algo que, a decir verdad, le correspondería decidir a la naturaleza, no a ningún bípedo razonador, sea filósofo, erudito, docto o el mismísimo Teseo escapado del infierno.

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