Coquetería al revés

José Alejandro Cepeda reseña "Vuelta canela" de Puerto Candelaria.

2010/09/11

Por José Alejandro Cepeda

En el 2002, el álbum Kolombian Jazz, de un proyecto bautizado Puerto Candelaria desde Medellín, bajo la dirección del compositor y arreglista Juancho Valencia, sorprendió a más de uno. Era una buena apuesta donde el jazz en clave colombiana salía a flote como ya sucedía de forma renovada en los 90 con el ejemplo del saxofonista Antonio Arnedo y la exitosa mezcla pop de Carlos Vives, pero había un tono especial en el quinteto de entonces: un sentido del humor donde primaba la necesidad de restarle el exceso de dignidad a la música elaborada y emparentarla definitivamente con lo popular. Es decir, a la manera de aquella coquetería al revés de Buñuel, donde la sabiduría no se pregona sino se aplica, disfrazándose incluso de aparente ignorancia.

 

Con Llegó la banda (2006) y un progresivo reconocimiento, tras una década sus giras y discos se han establecido como vitales para entender las nuevas músicas colombianas, con un lugar en las colecciones de compatriotas que viven dentro y fuera del país, así como en las de extranjeros que se interesan por su particular mezcla de cumbia, rock, ska y chucu-chucu. No obstante, lo más logrado y lo que le sigue dando cuerpo como grupo junto a José Tobón, Eduardo González, Cristian Ríos, Juan Aguilar y Carlos Didier Martínez, es su entendimiento del porro pelayero, el sonido fundamental de la banda de pueblo móvil de Colombia, que guarda tanta profundidad en su simpleza como los ecos más antiguos de Nueva Orleáns. Esas papayeras que aún animan las fiestas de San Pelayo —adonde vale la pena peregrinar al menos una vez en la vida—, pero también bazares de barrio, cierres de tejado, entregas de notas de colegio y comparsas públicas, son el núcleo de la actitud jazzera nacional, donde tradición e improvisación se unen. Y llevan décadas ante nuestros ojos y oídos ahí sonando, discretas y sabias.

 

El reciente Vuelta Canela continúa esa línea exploratoria donde el jazz como lenguaje universal de libertad se combina con géneros como el vallenato llorón (“Lo que no podemos decir”), la cumbia sicodélica con intenciones balcánicas (“Cumbia para el final de los tiempos”), la raspa (“Muerta”), lo sabanero y andino (“Burro detenido” y “Club Panamá”), lo sinfónico (“Fábula”) o los trabalenguas (“Mono Loco”). Un disco que fluye y despacha color composición tras composición, como en “La corriente”, que ejemplifica con naturalidad el sonido de lo que el jazz colombiano ha forjado en los últimos quince años.

 

Como puerto, tienen aún destinos por alcanzar, incluyendo la afinación de su propio concepto que vienen definiendo como “un lugar excéntrico, colorido, introspectivo y ahora muy bailable”, donde asistimos al marketing audiovisual y la imagen en un primer plano; tarea noble y arriesgada que los ha llevado incluso a definirse como “Cumbia Underground”, frase que como muestra de humor provinciano está bien pero que para nada favorece la comprensión de lo subterráneo que ellos mismos han reivindicado. El jazz y las nuevas músicas colombianas están pendientes de terminar de desclasificarse antes de que el rótulo de “nuevas” les quede grande, escena donde el jazzman más arribista que elegante es reemplazado por músicos que salen a tocar con la camiseta sin planchar. Lo más adelantado, lo más coqueto, a pesar de su propia exageración (como el Peter Gabriel teatral en tiempos de Genesis), sigue siendo la cabeza de burro de Velandia y La Tigra.

 

Puerto Candelaria

Vuelta canela

MTM, 2010

$30.000

 

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