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'Economía para el 99% de la población': abajo la pseudociencia

El autor del libro 'Economía para el 99% de la población' Chang tiene en la mira, más que hacer digerible la economía a los ciudadanos, desenmascarar a sus colegas de la ortodoxia actual, y denunciar su evangelio del libre mercado.

2016/03/23

Por Mauricio Sáenz

Este puede ser uno de los libros peor titulados de la historia. Economics: The User’s Guide, traduciría literalmente Economía: guía del usuario. Pero los editores en español lograron desmejorarlo aún más al ponerle Economía para el 99% de la población. No criticaría a quien lo haya visto y lo haya desechado: cualquiera pensaría que es uno de esos volúmenes “para dummies”.

No quiero decir que estos sean malos, solo que Economía para el 99 % de la población, del surcoreano Ha-Joong Chang (así, con el nombre de pila adelante, a la occidental), es mucho más que lo que su título sugiere. Profesor de la Universidad de Cambridge desde 1990, consultor de agencias de la ONU y el Banco Mundial, autor de otros once libros y ganador de varios premios, Chang tiene en la mira, más que hacer digerible la economía a los ciudadanos, desenmascarar a sus colegas de la ortodoxia actual, y denunciar su evangelio del libre mercado. Y lo hace con la urgencia de quien ve amenazada la democracia misma si la gente no tiene los elementos de juicio para salvarla.

De hecho, le aterra que los economistas hayan tenido tanto éxito en hacer de su disciplina algo tan etéreo y reservado que nadie se atreve a cuestionar sus dictámenes. Le impresiona que mientras las personas suelen tener opiniones acerca de todo, desde el cambio climático hasta la guerra de Irak o el matrimonio homosexual, en temas económicos les dejan todo a esos supuestos gurúes.

Su principal obsesión es esa: advertir que la Economía no ha sido ni nunca será, como la Química o la Física, una ciencia exacta con una única respuesta para todo. No deja de recordarnos que, en su origen, esa rama del saber se llamaba Economía Política, y que el propio Adam Smith, su padre fundador, tenía muy claro que ambos elementos eran conceptos inseparables, con unas claras dimensiones éticas relacionadas con los valores, intereses y creencias imperantes en cada momento de la historia.

Para lograrlo, Chang asume la forma de un manual, con una aproximación pedagógica pero crítica de la historia de la economía y de sus profetas actuales. Comienza con un recuento desde el medioevo, pasando por los albores del capitalismo, la Revolución Industrial, hasta llegar al momento actual, al que describe como auge y caída del neoliberalismo. Luego escribe a grandes rasgos el perfil de las nueve escuelas más importantes del pensamiento económico, sus virtudes, fortalezas y defectos: la clásica, la neoclásica, la marxista, la tradición desarrollista, la austríaca, la neoschumpeteriana, la keynesiana, la institucionalista y la conductista.

En una forma tan esquemática y fácil que hasta incluye un cuadro sinóptico, Chang disecciona cada una de ellas para entregar con claridad y fuerza su mensaje: todas tienen algo de bueno, algo débil y algo siniestro, pero ninguna es suficiente por sí sola para explicar y regir una actividad tan esencialmente humana como el intercambio económico.

Por supuesto, reserva sus críticas más duras a la escuela neoclásica, que se ha enquistado en el poder como defensora a ultranza del statu quo. Al fin y al cabo, acepta como inevitables fenómenos como el desempleo y la desigualdad y usa presupuestos cuestionables, como el principio del “trickle-down”, la filtración descendente de la prosperidad, supuesto resultado de quitar impuestos a los ricos para que inviertan más, algo que jamás se ha comprobado en la realidad.

La economía, en suma, es mucho más que el mercado, como sostiene la escuela dominante. No es solo una red de relaciones comerciales, ni los individuos son simplemente consumidores. Chang quiere que veamos el panorama completo, que no nos casemos con esa mirada pseudocientífica que desprecia lo que no siga su estricto evangelio. Y en el epílogo, se lanza: “Iré un paso más allá y afirmaré que la voluntad de poner en tela de juicio a los economistas profesionales —y a otros expertos— debería ser un pilar de la democracia”.

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