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'Una pastelería en Tokio': hacer ver lo invisible

'Una pastelería en Tokio', más las películas dulzonas de autoayuda con una amplio mercado en una sociedad necesitada de respuestas espirituales, pertenecería a esa familia de obras artísticas que se empeñan en mostrar lo trascendente a través de lo inmanente.

2016/05/24

Por Pedro Adrián Zuluaga

Es casi un milagro que el último largometraje de la directora japonesa Naomi Kawase se estrene en Colombia. Su obra anterior, que se mueve con gracia y libertad entre el documental y la ficción, suele tener esa cualidad evanescente del arte tradicional japonés que ha fascinado desde hace mucho tiempo a Occidente. Frente al impulso indefinible de su cine, Una pastelería en Tokio puede parecer un retroceso: la voluntad de ser comprensible a riesgo de sacrificar matices y ambigüedad. Aquí está el deseo de restauración de sentimientos y costumbres del pasado, la visión panteísta de la naturaleza tan aprovechable por la ola new age, la invocación de paraísos perdidos y el reclamo de una supuesta unidad que habría tenido lugar allá lejos y hace tiempo.

Los personajes principales de la película pertenecen a tres generaciones que se reconocen en un territorio común de pérdidas y melancolías. Hacen parte, por razones distintas que se irán revelando a su tiempo, de esa legión de excluidos que viven el presente como un golpe bajo, siempre dispuestos a aferrarse a cualquier tabla de salvación que aparezca en medio del naufragio. Una anciana que camina por Tokio embelesada con los cerezos y en una frágil comunión con todo cuanto existe; un hombre de mediana edad que regenta una tienda donde venden dorayakis (una especie de panqueque), y una adolescente distraída que no parece conectar muy bien con el mundo en el que vive. La tienda es el lugar de encuentro y reunión de esta familia elegida por afinidad y no por azar.

La película busca del espectador una adhesión sentimental inmediata reforzada por las bellas imágenes, la música fácil y envolvente y unos diálogos que no distan mucho del repertorio de lugares comunes propagados por el neoecologismo. Todas las cosas hablan, hay que escuchar lo que tienen para decir los fríjoles con los cuales se hace el anko, la pasta dulce que acompaña a los dorayakis, la paciencia y la espera logran lo que la dicha no alcanza, nunca es tarde para cumplir tus sueños y obviedades por el estilo.

Si se observa con detenimiento, crece, no obstante, la sospecha de que algo importante se nos escapa. Quizá sea porque el rechazo al progreso y la obstinada defensa de las tradiciones tienen en Japón un sentido especial de resistencia histórica, pues este país fue un laboratorio donde se experimentó el peor rostro del desarrollo industrial y económico. Tal vez la observación de la fugacidad de los fenómenos, del paso de las estaciones y del lugar de los seres humanos en medio de “lo natural” se asiente en tradiciones filosóficas, estéticas y religiosas más firmes que la moda del día.

Vista con ese prisma, Una pastelería en Tokio, más que a las películas dulzonas de autoayuda con una amplio mercado en una sociedad necesitada de respuestas espirituales, pertenecería a esa familia de obras artísticas que se empeñan en mostrar lo trascendente a través de lo inmanente. “El estilo trascendental” del que habló Paul Schrader, englobaría esas búsquedas. Y como él mismo lo afirmó, las respuestas solo pueden ser provisorias e individuales. Deben ser buscadas dentro de las películas y no fuera de ellas.

Kawase es, en esta película, una delicada observadora de la superficie de los lugares y personajes que filma. Construye planos hermosos que siempre quieren evocar algo más que lo aparente, pero que terminan por ser explícitos en su urgencia retórica. Cuando intenta ir más adentro de sus personajes y aproximarse a sus traumas o móviles psicológicos nos queda debiendo fuerza, carácter y profundidad. La narración sufre de giros torpes y atropellados con los que, a la hora de desenvolver los hilos de la historia, la directora prefiere decir a mostrar, traicionando lo que mejor sabe hacer. Una pastelería en Tokio es una puerta ancha por la que es posible entrar al fino arte de una cineasta excepcional, que en sus mejores películas extrae de su propia historia de pérdidas y ausencias la materia de una mirada compasiva y atenta.

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